«El ánimo del carpintero y la solidez de los muebles». Un diálogo con Jorge Ferrer

¿Cómo es posible instalarse con parejas solicitudes de aliento, posesión y gentileza, en los calados más diversos de una lengua para llevarlos a las parcelas de otra? Sin dudas se trata de un alto desafío, digno de Feraud y D’Hubert, los dos oficiales de caballería de la Grande Armée napoleónica que sustentan El duelo, la inolvidable nouvelle de Joseph Conrad.

«Cualesquiera que sean las causas subyacentes, la tarea de la traducción es siempre aproximada, constante», advertía George Steiner, y tal postulado habita en los entresijos de una disciplina mayor, sin la cual muy poco feliz sería la vida de los lectores. Así lo demuestra Jorge Ferrer, cubano de La Habana radicado en Barcelona, a quien la lengua española debe uno de los viajes más suculentos que, en los últimos años, ha traído a ella desde la lengua rusa, una suma de obras y autores tan distinta como exigente.

Sea la remembranza doliente de María Stepánova, la saga abrasadora de Guzel Yájina, o la mirada enciclopédica de Svetlana Aleksiévich (tres mujeres en el fiel narrativo de la experiencia totalitaria), por citar ejemplos de gran faena entre tantos, su presencia en nuestra lengua se debe a los trabajos y los días de Jorge Ferrer. Con él ha sido esta conversación para Bookish and Co

 

1- En el prólogo a sus Versiones y diversiones (las maneras suyas de traductor) apuntaba Octavio Paz: «Pasión y casualidad pero también trabajo de carpintería, albañilería, relojería, jardinería, electricidad, plomería en una palabra: industria verbal. La traducción (…) exige el empleo de recursos análogos a los de la creación, sólo que en dirección distinta». ¿Qué tanto de tales presupuestos sientes que forman parte de tu quehacer, y cómo han ido deslindando tu rumbo con numerosos autores?

A Paz lo animaba un propósito muy particular, y excelso: «a partir de poemas en otras lenguas quise hacer poemas en la mía», escribió sobre sus traducciones. Pero todos los traductores compartimos el instrumental de los oficios que él enumera: sierras y martillos, tenazas y llaves inglesas… o rusas. Y a veces las traducciones nos gotean o una mala elección acaba cortocircuitando un párrafo o un pasaje entero. Creo, como Paz, que traducir es, de todos los trabajos intelectuales, uno de los que más tiene de los afanes manuales. Requiere firmeza y paciencia, un gran respeto por el autor del texto con el que trabajas y una gran seguridad en la destreza con que lo reescribes. Ese respeto, el traductor de carne poco firme, lo suele confundir con un corsé y entonces produce una prosa acartonada, porque no se separa de la lengua de origen ¡y, por miedo a hacerlo, se aleja de la suya propia, es decir, de la lengua en la que será leído! En definitiva, traducir es decidir. Como lo es vivir. Y los traductores, como los actores y algunos gatos, vivimos varias vidas.

2- La lengua rusa (casi en las antípodas de la lengua española) sospecho que resulta un enorme desafío a la hora de adentrarse en sus voces… ¿Cómo recuerdas tus comienzos en el oficio, las primeras «conjunciones y disyunciones» (para decirlo con un título emblemático de Paz)?

Mi gran desafío, parafraseando a Gregory Rabassa, es el español, la lengua rotundamente hermosa y plural en la que escribo lo que otros escribieron en ruso. La lengua de mi mamá, la lengua de mi hija, la lengua española que hablamos andaluces y habaneros, colombianos y mexicanos, muchachas tristes del Perú y fibrosos peloteros de Quisqueya. La lengua en la que escribieron Quevedo, Manuel Puig y Juan Rulfo. La lengua en la que roncó Chavela Vargas y en la que Bad Bunny tartamudea su revolución. El primer libro que traduje contratado por una editorial era un hermoso, aunque algo pueril, panfleto ecologista de un señor nacido en Privólnoie, un pueblo de 3.000 habitantes de la comarca de Stavropol. Ese hombre cambió mi vida. ¡Y no por ese libro, desde luego! Se llamaba Mijaíl Gorbachov. Y el libro se titula Carta a la tierra. En los veintitantos años transcurridos desde ese primer encargo he traducido a muchos otros autores con la indecible y un tanto inverosímil ventaja de que, cada vez, son autores que me gustan más y a los que sospecho que me parezco más.

3- ¿Qué tan imprescindible puede resultar el conocimiento «in situ» de un país y de una tradición (o de varias a la vez) para el trabajo de un traductor literario?

Escribir es dialogar con la tradición que te precede, de manera que conocer la tradición literaria en la que viven los autores que lees o traduces es fundamental para entenderlos. Para entenderlos mejor, y el traductor tiene que entender muy bien el texto que va a reescribir después en su lengua. Siempre se escribe sobre los hombros de alguien. ¡Y Homero y Shakespeare no van a cargar ellos solos con la multitud! No puedes entender qué hace Chéjov si no conoces a Gógol o a Saltykov-Schedrin. O a Dostoyevski, sin comprender su diálogo con el pensamiento y el espíritu de la filosofía populista rusa de mediados del XIX y con la novela social de Dickens y Balzac. Dostoyevski, por cierto, tradujo al ruso Eugénie Grandet, de Balzac. Después, desde luego, conviene haber echado muchas horas «siendo ruso»: es decir viviendo en Moscú y atravesando Siberia, entregado a los vapores de la Banya, la sauna rusa, o a los del vodka, desayunando blinis y viendo a los rusos despreciar a sus vecinos, ufanándose del élan imperial y observando a la sociedad rusa con mañas de espía y aprendiz: el feroz y a la vez enternecedor espectáculo de un país de señores y cocheros. Y así desde el siglo XVIII, sucediéndose en los caminos rusos los carruajes, los «cuervos negros» del NKVD, los Volgas y Chaikas de los apparatchiki y los Mercedes-Benz de los postcomunistas. Y a la gente siempre viéndolos pasar entre el pasmo, el resentimiento y una servil complacencia.

4- Traducir a Dostoievski, por ejemplo, es de cierta manera también «asomarse» (supongo) a un vecindario «intenso» (desde Chejov hasta Tolstoi, entre muchos)… Aparte de las presumibles encomiendas editoriales, ¿has sentido que un autor puede conducirte a otro?

Digamos algo, amigo mío, antes de entregarnos al romanticismo de los libros que se enlazan formando una jubilosa cadeneta de sentido. Yo traduzco libros por dinero. Es un trabajo, es importante que no se olvide el elemento de producción que tiene este oficio, más allá de sus románticas representaciones. Facturo un capítulo de Herzen y me compro un jamón. Facturo unas cartas de Grossman a su hijo y salgo de COS con una camisa formidable color Burdeos. De modo que los proyectos vienen como vienen, aunque con el paso de los años y la ganancia de cierta, aunque modestísima y siempre presta a evanecerse, autoridad, se alcanza el privilegio de traducir textos muy notables. Más bien, se enlazan las lecturas: lees a Dostoyevski o a Chéjov o a Leskov (¡cuánto me gustó traducir a Leskov!) y se te conectan un montón de referencias con esa lectura nueva. También se conectan por el azar del encadenamiento: el año pasado traduje consecutivamente a María Stepánova y a Vladímir Sorokin, los dos autores rusos vivos que más me interesan y hechizan. Son escritores muy distintos, pero se conectan en mi mente entre ellos, se integran con otras referencias de mis lecturas, de mi biblioteca íntima, y eso redunda tanto en el ánimo del carpintero, como en la solidez de los muebles que después despacha a la imprenta.

5- Un libro como El fin del Homo sovieticus supone un trabajo de inmersión extraordinario, teniendo en cuenta la diversidad de personajes provenientes de las mil y una parcelas de aquella sociedad… En tal sentido, ¿cómo fue tu navegación por aquellas aguas de Svetlana Aleksiévich?

El gran reto con ese libro, como bien dices, es que cada sección tiene una voz distinta, y el traductor ha de ir encontrando los registros adecuados cada vez. Lo que privilegia Svetlana es, precisamente, esa polifonía: no puedes traicionarla. Ya me sucedió algo parecido, y en clave mucho más tremenda, cuando traduje El libro negro, una voluminosa compilación editada por Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg de los testimonios de las víctimas en la Ucrania, la Rusia y la Bielorrusia ocupadas por los nazis. Aleksiévich pintó, con ese libro, un fresco monumental del mundo soviético y postsoviético. Traducirlo fue una de las grandes aventuras de mi vida como traductor. Yo estaba en la ducha, cuando la radio anunció que Svetlana recibía el premio Nobel. Mis lágrimas se confundieron con el agua que me bañaba, como en la secuencia final de Blade Runner.

6- Vuelvo a Dostoievski y a Chejov con una pregunta de lector anclado firmemente en la fortuna de las traducciones… ¿Cuáles son las dificultades que pueden establecer sus puntuales distinciones?

Hay que entenderlos. Y entender lo que quieren de ti como lector. Hay que ponerse en su lugar. Y obligarlos a ponerse en el tuyo. Dostoyevski, Chéjov, Leskov, Herzen: los muertos son muy locuaces. El traductor se pasea por el cementerio donde reposan, como un muerto vivo que los hace hablar por su boca. Ventrílocuo, zombi, médium. Los comprende y los hace hablar en otra lengua, a otra gente, a otro mundo. El traductor es médico forense y es un Dr. Frankenstein.

7- Tu libro Entre Rusia y Cuba. Contra la memoria y el olvido (del cual conozco apenas la veintena de páginas de promoción por su editorial), ¿Podría ser tenido también como una suerte de brújula del «The Long and Winding Road» (con permiso de McCartney) de un traductor literario?

Contra la memoria y el olvido es un libro que cuenta las historias de tres hombres. La primera, la de mi abuelo, que fue un inmigrante español en la isla de Cuba, tránsfuga, buscavidas, polígamo, policía de Batista, cuidador de Fernando Ortiz, y exiliado en Nueva York, donde limpió mesas en Manhattan antes de bajar a morirse en Miami. La segunda, la de mi padre, un honesto servidor de la Cuba revolucionaria, que, en sus setenta años, decidió asentarse en Miami y murió unos días antes de conseguirlo. La tercera es la mía, crecido sobre el paisaje de la Guerra Fría, con mi abuelo en Nueva York y mi padre en Moscú. No sé si ese libro es brújula, pero seguro que está escrito sobre el cabeceo de la balsa en la que flotamos todos: los escritores, los traductores, y mi novia, rusa, cubana y tan enigmática y gozosa como el más grande de los libros que me quedan por leer y traducir.

 


Fotografía de Vladimir Romero.

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