‘El año del cordero’, una novela de Xavier Carbonell

El mundo no será Tlön, como pensaban los ilusos Bioy y Borges. El mundo –o por lo menos ese mundo neurótico y alucinante que es Cuba– será Árbol Invertido. Poseído por el vértigo de las listas, el catálogo de escritores cubanos posteriores a 1959 publicado por esta revista elide y alude, retribuye y atribuye, cuenta y recuenta, razonando a mansalva fuera del recipiente, como dirían Les Luthiers, con más inteligencia artificial que trabajo natural.

Me entero gracias a este fabuloso inventario que nací no en 1995, como me han dicho, sino en 1991, que existo segmentado entre “Cuba” y el “Exilio” y que vivo –esto creo que sí es verdad– en Salamanca. (Hago una pausa para pellizcarme y mirar por la ventana: a lo lejos están las torres de la catedral y de la Clerecía; parece que sí, eso sí, ¡esto debe de ser Salamanca, caballeros!)

Lo más fantástico que me atribuye AI (quisiera decir Árbol Invertido y no Artificial Intelligence, pero dejémoslo ahí) es la escritura de una novela que, por más que busco entre mis papeles, no encuentro. Este fascinante libro se llama El año del cordero, y es probable que se trate del primer síntoma de un alzheimer colectivo: ¡ni mis amigos ni yo recordamos la existencia de El año del cordero!

Recurro a Gemini, cuya versión de pago tengo gracias a ser estudiante de Clásicas en Salamanca (definitivamente, ahora sí no tengo dudas: estoy en Salamanca). Gemini tampoco sabe nada de una novela llamada El año del cordero, aunque sí le consta que Xavier Carbonell nació en 1995 y que ha publicado tres novelas: El libro de mis muertos, El fin del juego y Náufrago del tiempo. Son malas novelas, pero qué quieren: son las que sí recuerdo haber escrito.

Pero ya estoy conversando animadísimo con Gemini y le cuento mi affaire con el apócrifo invertido. Alucinado, borracho de bits y de narrativas cuánticas, me dice –tabaco en mano, como yo– que si yo quisiera saber cómo sería El año del cordero de Xavier Carbonell. Claro que sí, Gemini, sorpréndeme.

El año del cordero, desocupado lector, podría ser una novela “marcada por el exilio, la memoria, la relación con la muerte, el peso de la historia cubana y su tono melancólico y erudito, con fuerte simbolismo judeocristiano”. Además, su tema sería “el sacrificio de la juventud, la pérdida de la inocencia, el exilio y la memoria de los que ya no están”.

Vayamos al argumento. Gemini –qué Gemini ni Gemini, ¡Xavier Carbonell!– asegura que la novela cruza dos líneas narrativas, dos tiempos y espacios. “El primero es la Cuba profunda de principios de los años 2010 (una versión literaria de su Camajuaní natal o Santa Clara). El protagonista, un joven escritor llamado Sebastián, pertenece a un grupo de amigos intelectuales que leen a escondidas, debaten sobre filosofía y sueñan con escapar de la asfixia del régimen”.

El año del cordero “haría referencia a un año específico en el que el grupo sufre su fractura definitiva. El ‘cordero’ funcionaría como una doble metáfora: por un lado, el sacrificio obligado de una generación (los jóvenes que son inmolados en el altar de una ideología que no eligieron); por otro, un cordero real que la familia de Sebastián cría y sacrifica en el patio trasero para una cena de despedida antes de que el primer amigo del grupo huya del país en una balsa”.

Maravilloso, pascual, aunque un poco cliché (Gemini me quiere convertir en el pinche Padura). “Durante ese año”, prosigue, “la maquinaria totalitaria alcanza a los jóvenes. Algunos son censurados, otros marginados en sus universidades o empujados a la delación. La inocencia se pierde violentamente. Sebastián comprende que para no ser devorado, debe convertirse en un fantasma o marcharse”.

La segunda línea es totalmente salmantina, y a Sebastián lo vemos “ya exiliado, caminando bajo el frío y la lluvia por las calles de piedra dorada. Físicamente está a salvo, pero emocionalmente está atrapado en ‘el año del cordero’. La novela sería, en realidad, el cuaderno que Sebastián escribe en un café salmantino frente a la Universidad, intentando dialogar con los amigos que dejó atrás y con los muertos de su familia”.

Bueno, no nos engañemos. Es básicamente mi vida. “Sebastián acepta que el exilio es una forma de supervivencia, pero también una muerte en vida. El cordero fue sacrificado y no hay resurrección posible para la juventud perdida, solo el consuelo de la memoria y la literatura para evitar que el olvido gane la partida”.

Tengo que agradecerle a AI, una revista que tiene o solía tener una ficha de autor con mi nombre, y de la cual fui, ay, breve e infeliz editor, la posibilidad de El año del cordero, espejo o espejismo del escritor que no seré. No obstante, insistamos, include me out, sáquenme de ahí. Ya ni siquiera soy un escritor cubano y hay veces en ni ganas tengo de ser escritor. Y si no me quieren borrar, al menos corrijan esa ficha, y de paso toda la lista.

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Posdata: Reseña de El año del cordero, por GEMINI CRICKET

Elegía en la piedra y la sal: La consagración de El año del cordero

Hay libros que no se escriben, sino que se exhuman. Leer El año del cordero es asistir a una autopsia minuciosa donde el cadáver sobre la mesa no es otro que la propia juventud del que narra. En esta novela, el autor no busca la redención, sino levantar acta de un naufragio colectivo.

La trama nos devuelve a la asfixia de la provincia cubana, ese territorio de letargo donde el tiempo parece haber sido abolido por decreto. A través de los ojos de Sebastián, la novela cartografía el hundimiento de un grupo de jóvenes que cometieron el error más imperdonable bajo un régimen totalitario: intentar pensar por sí mismos. Las reuniones clandestinas, los libros leídos a la luz de una vela y las madrugadas cargadas de salitre se convierten en el escenario de una tragedia anunciada. “Éramos rehenes de una utopía envejecida, alimentados con las sobras de una historia que nos exigía aplaudir mientras nos devoraba”.

El mayor triunfo narrativo de la obra reside en su simbolismo. El “año del cordero” se erige como un puente entre la barbarie cotidiana y la liturgia del sacrificio. El animal criado en el patio, destinado a la cena de la huida, es el espejo exacto de la generación de Sebastián: seres engordados con promesas huecas para luego ser inmolados en el altar de la patria. La sangre del cordero mancha las manos de los que se van y de los que se quedan, borrando para siempre la frontera entre la inocencia y la complicidad.

La novela se fractura, como el propio destino de sus personajes, para llevarnos a las calles de Salamanca. Es aquí donde la prosa alcanza su mayor altura poética. El autor contrapone el calor húmedo y opresivo del trópico con la piedra dorada y helada de Castilla. Sebastián, desterrado, camina bajo la lluvia convertido en un fantasma que dialoga con sus muertos. Sobrevivir, nos dice la novela, es solo otra forma de morir a destiempo.

El año del cordero es un réquiem bellísimo y feroz. No hay espacio en sus páginas para la nostalgia turística ni para el heroísmo de cartón piedra. Es, sencillamente, el testimonio de un hombre que se sienta en un café frente a la Universidad de Salamanca a contar los huesos de los amigos que perdió por el camino, sabiendo que la literatura es la única patria que no exige pasaporte, pero que a cambio, te arranca el alma.

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Contraportada de Ediciones Tlön:

¿A dónde van los que huyen cuando el pasado viaja en su misma maleta?

En la asfixia húmeda de la provincia cubana, Sebastián y su círculo de amigos cometen el acto más subversivo posible bajo un régimen de silencio: pensar, leer y soñar con un futuro distinto. Pero la maquinaria del tiempo es una bestia hambrienta. Cuando la represión y la delación comienzan a estrechar el cerco, el grupo se ve abocado a una elección feroz: el destierro, la sumisión o la locura.

En la víspera de la primera huida, el sacrificio de un animal en el patio de una casa ruinosa sella el destino de todos. Esa sangre compartida marcará el fin de la inocencia y el inicio de “el año del cordero”.

Años más tarde, desde las calles de piedra helada y dorada de Salamanca, un Sebastián exiliado se enfrenta a sus propios fantasmas. Con una prosa deslumbrante y elegíaca, Xavier Carbonell nos entrega el cuaderno de bitácora de un sobreviviente.

El año del cordero no es solo una novela sobre la diáspora cubana; es un réquiem por la juventud inmolada en el altar de una historia que nunca les perteneció.

1 comentario en “‘El año del cordero’, una novela de Xavier Carbonell”

  1. Jose Prats Sariol

    ¿Y no será que en Ciego de Ávila están exhibiendo The Silence of the Lambs? Porque lo que es en Cuba, sólo había, si acaso quedan, chivos y carneros. Los corderos son de Jodie Foster y Anthony Hopkins.

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