Ayer, 10:00 pm y 31 de octubre, el fantasma de Juan Carlos Flores nos llamó por teléfono. No saludó. Tosió par de veces y, tras largo e incómodo silencio, dijo:
“Yo sólo quiero hacer, primeramente, tres preguntas. ¿Prevalecerán todos esos poetas célebres que una crítica fast food registra? ¿Desparecerán aquellos (todos): los invisibles? O por el contrario ¿el tiempo pondrá las cosas en su sitio?”
Aquí se calló, o lo interrumpió esa toz crispada. (Desde el fondo se advirtieron ruidos. Una cadena arrastrándose, el crepitar de un cigarrillo que se aplasta contra un alero, el eco de un perro que ladra bajo andamios, la puerta defectuosa de un elevador, risitas de niños, tropiezos de zapatos y escalones…) Encendió el siguiente. Prosiguió:
“¿Son los actuales dueños de estos vehículos (el libro, revistas virtuales e impresas) los dueños de la Poesía? ¿Se perpetuará el ciclo de espaldarazos de la Academia, estableciendo consagrados y desaprobados, vencedores e incompetentes? ¿Quién decide todo esto? ¿La literatura? ¿Las (disimiles) ideologías? ¿Las relaciones y amistades? ¿El cancel culture con su sed de justicia de género? ¿Dios…?”
(Hubo otra pausa. Se le oyó caminar en círculos, escupir, de pronto añadió:)
“Si no podemos asumir la crítica desde un lugar de imparcialidad, ¿repetiremos los mismos errores del totalitarismo que ha marcado nuestra literatura y sus grupos? ¿La posibilidad del marketing que internet ofrece ganará la batalla del texto? ¿Hay un arte de escribir, y hay un arte de publicar?”
Entonces se escuchó aquel click, invariablemente sonoro, como cuando una piedra se parte en tres.
Fue ahí mismo donde mi mujer se incorporó. “¿No es el poeta que escribió aquellos versos terribles que tanto me asustaban…?” Dicho esto, recitó sin solemnidad, semidormida:
(…)
Los mutilados de las guerras del mundo sienten nostalgia por las partes perdidas, al que perdió las piernas, le faltarán para siempre las piernas, al que perdió los brazos, le faltarán para siempre los brazos, al que perdió los dientes, le faltarán para siempre los dientes, cada cual recordando lo que hacía con su parte de menos. (1)
Durante horas pensé (en mi pronunciado insomnio) en las palabras del fantasma Flores, y en el emblema de la Academia Real: “Limpia, fija y da esplendor”. Finalmente, y por primera vez durante meses, me dormí.
Me estuvo concedido.
Nota
“La excavadora de la mina”, Juan Carlos Flores, El contragolpe (y otros poemas horizontales), Torre de Letras, 2009. Cito por Un hombre de la clase muerta, Antología poética (1986-2006), Torre de Letras, La Habana, Cuba, 2007, p. 107.
Imagen (portada): Caratula del volumen Juan Carlos Flores, Un hombre de la clase muerta, Antología poética (1986-2006), Torre de Letras, La Habana, Cuba, 2007.




