Onduras de Sergio Pitol

Onduras. Deriva de onda, del latín unda (ola, movimiento del agua), más el sufijo abstracto «-ura», que designa cualidad o efecto. Vocablo que sugiere profundidad, resonancia y propagación: lo que deja huella en su expansión. Neologismo acuñado por los editores de Bookish & Co. para nombrar ciertos natalicios literarios. Estas Onduras de Sergio Pitol configuran un tejido de citas para celebrar su 93 cumpleaños: cada una, una onda mínima que reverbera, desplaza, contagia su cadencia. Modulaciones, virajes, juegos entre memoria, ficción y lectura. En esa superficie, la escritura se propaga en fragmentos que, lejos de cerrarse, reanudan la deriva.

Si me viera forzado ahora a contestar la eterna pregunta de por qué se escribe, respondería simplemente que uno lo hace por necesidad interior, para evitar volverse loco, para recordar y esclarecer el sentido de ciertos episodios que nos han sobresaltado o que han herido nuestra imaginación, para, tal vez, tratar de llegar al fondo del idioma y encontrar esa fuente común que nos liga al resto de la humanidad. En ocasiones, para enfrentarse a un reto, resolver en «una forma» un material que parece reacio a toda absorción; otras, por el mero placer de evocar lugares y amigos; otras más, por la necesidad de denunciar tartufismos. Creo que implícita en mi discurso hay siempre una condena de los insensibles, de cualquier situación triunfalista y ramplona. Me ha resultado siempre embarazoso responder a las preguntas ¿por qué?, ¿para qué? y ¿para quién escribo? Las respuestas estarían contaminadas en exceso de ese miasma espeso y oscuro que se encuentra en el subsuelo de la expresión, en los subterráneos del lenguaje. Siempre hay para mí un grupo reducido de personas, algunos amigos diseminados por el mundo a quienes de alguna manera vislumbro como posibles lectores, gente que aprecio y con quien me gustaría comunicarme. Pero tal relación no se da en el consciente. Esas personas en definitiva poco tienen que ver con la razón que me ha llevado a pasar semanas enteras luchando con el capítulo de una novela o con un cuento. Mi trabajo es un trabajo a solas.

«Sobra la escritura» (El tercer personaje, Ediciones Era, México, 2013)

◾️

Me puedo explicar el predominio de las ciudades italianas en mi memoria. Todas mis ramas familiares proceden de Italia. Mi contacto inicial con ese país se produjo en la adolescencia, y fue deslumbrante. A las pocas horas de haber llegado a Roma, tuve la revelación de que aquel esplendor arquitectónico, aquel mundo asombroso de columnas, palacios y jardines perfectos, aquellas capas formadas por varias culturas sobrepuestas a través de los siglos, me pertenecía de la misma manera que Uxmal y Teotihuacán, las ciudades sagradas de los mayas y los aztecas. Vivir en Roma fue una experiencia luminosa, un compendio de ebriedad y lucidez. Viajar por otras ciudades italianas, conocer Siena, navegar por los canales de Venecia y recorrer infatigablemente sus callejuelas fue el complemento de aquella experiencia. Contemplar los muros y los paisajes era como una certidumbre inmediata y rotunda de los sueños y añoranzas de mis abuelos, de mis bisabuelos, de mis antepasados todos.

«Conferencia de Varsovia» (El tercer personaje)

◾️

El Quijote es una obra maestra, aunque ni los lectores más cultos lograron entenderlo durante mucho tiempo. La forma, la estructura, los personajes, el tema de la locura son novedosos; todo eso lo haría ya interesante, pero El Quijote es la obra de un escritor que ha tejido todas las fases de su vida, la Italia renacentista, los cuarteles, los hospitales, el frente de batalla, los baños de Argel, la muchedumbre de diversas naciones e idiomas, las miles de leguas en mula recorridas en treinta años de trabajos humillantes, y la bajeza, la infamia, la persecución de quienes lo habían tratado, pero, también, la exaltación, la felicidad, la risa y la grandeza del mundo; todo eso se mueve en su interior. Invisible, Cervantes se convierte en el tercer personaje al que aludía Harold Bloom, junto al Quijote y Sancho Panza.

«El tercer personaje» (libro homónimo)

◾️

Cuando el exilio es completamente voluntario la estancia en el extranjero no se concibe como destierro; al contrario, la distancia de la patria lejana puede ser favorable para la creación literaria o artística. Piénsese en la emigración de los románticos ingleses a Italia: Percy Bysshe Shelley y Mary Shelley, Robert Browning y Elizabeth Barrett Browning, John Keats, Lord Byron, William Beckford y tantos más viajaron por los países del Mediterráneo y casi todos terminaron por instalarse durante largos periodos en Italia. Nada de aquella fascinación renacentista, de aquella suntuosidad de formas, de tejidos de fastuosos colores, de naturalidad física, de gracia y de sensualidad que les prodigaba Italia habían conocido ellos en la pluviosa Inglaterra, la laboriosa, la práctica, la sobria, la protestante, la utilitaria. Italia se convertía entonces en un sueño plenamente realizado.

«Imaginario e identidad» (El tercer personaje)

◾️

«Son los ojos el espejo del alma», apuntaba su libro de lecturas escolares. «Uno no puede presumir conocer a las personas sino hasta que ha logrado penetrar en el último traspatio de sus ojos», le había oído decir en cierta ocasión a su padre. «Los ojos son azules o verdes, pardos o negros —exclamó una vez iracunda su abuela—, y yo sé de un niño a quien por su insolencia se le volvieron rojos, como la sangre que al llorar le brotaba y escurría por las mejillas, le manchaba la ropa y se derramaba en el suelo en un charco viscoso y repugnante que le prendía los pies sin permitirle la menor posibilidad de movimiento; y la gente al pasar, se enteraba de que aquel niño a quien Dios castigara con tanta severidad había matado a un perrito, y a ello se debía que la sangre fluyera de sus ojos que ya más bien semejaban cataratas, ¿recuerdas la que vimos desde el tren cuando fuimos a Veracruz?; y unos chiquillos le arrojaban piedras como justo castigo a su delito, en tanto que otros, perversos, mentirosos, falaces e hipócritas como tú, lo consideraban su héroe, prócer de la patria mala de los pecadores, pues su instinto les hacía contemplar con placer, con delectación y júbilo, a un niño que tenía los ojos como los vas a tener tú si continúas pretendiendo engañarme»; sin que lograra descubrir cuál era la mentira que había impulsado tan desorbitadamente la imaginación de la anciana. «Los ojos son espadas, son pedernales, son los instrumentos más insidiosos de que se puede valer un hombre para injuriar a una mujer», había comentado su madre hacía algún tiempo con las manos temblorosas y los párpados enrojecidos.

«La casa del abuelo» (Cuerpo presente, Ediciones Era, México, 1990)

◾️

Le resulta extrañamente impreciso el momento en que se conocieron. Recuerda con vaguedad una figura que aparecía de vez en cuando por el café de Mascarones y se sentaba a conversar con los maestros de su hermana. Como entre niebla se acuerda de haber ido —¿con quién?— a la lectura de unos capítulos de su novela (¡sí, ya había nacido entonces la novela!) a un departamento de la colonia Roma, a la altura de la Plaza de Miravalle. A ninguno de los dos le interesaba fomentar el trato. Sus círculos no eran próximos. Carlos era varios años mayor que él; era uno de los escritores jóvenes que empezaban a destacar; él, en cambio, acababa apenas de terminar la Prepa.

Reconoce con pesar, con cierto remordimiento, que en el fondo cuando se enteró de su muerte sintió cierto descanso; la consideró, al igual que todos sus antiguos amigos —todos era mucho decir, daba idea de multitud, de aceptación gregaria; lo lógico sería decir los pocos amigos, quizás él era el último, el único, aunque después de la separación en Belgrado ni siquiera podía decir que había seguido siéndolo—, como algo natural, como lo único natural que podía ocurrirle. Circularon durante algún tiempo versiones distintas. Alguien pidió informes en el periódico en el que colaboraba; la respuesta fue vaga: un accidente en una montaña, le parece que dijeron; no recuerda quién comentó que la muerte se debió a un ataque de cirrosis, nì quién que habla muerto en una clínica de enfermedades mentales. Un conocido suyo, secretario en la Embajada, le mandó después de algún tiempo noticias tan confusas que era imposible deducir nada cierto de ellas. Por Belgrado, decía la carta, no aparecía ya nunca. Había pedido que le mandaran cualquier eventual correspondencia a un café de Kotor. En México su muerte no fue comentada. Carlos no era noticia. Se había convertido en una amarillenta comparsa del pasado. Y en aquella población de Montenegro, a la que unos años atrás había tratado de llevarlo, y que localizó en un mapa al sur de Dubrovnik, sus huesos conocerían la lenta descomposición en una tumba sin nombre, como una mofa más al anhelo de luminosidad que alentó en los años en que todo era promesa. ¿Anhelo de luminosidad? ¿Lo tuvo alguna vez? ¿Cuándo lo había perdido? ¿Quién podría señalar el momento y determinar las causas de la caída?

El tañido de una flauta (Editorial Anagrama, Barcelona, 1986)

◾️

Corría el año 1965. Llevaba dos años de vivir en Varsovia. Un día el cartero me entregó una carta procedente de Vence, una población del sur de Francia. La firmaba Witold Gombrowicz. ¿Se trataría, acaso, de una broma? Me resultaba difícil creer que fuera auténtica. La mostré a algunos amigos polacos y se quedaron estupefactos. ¡Una carta de Gombrowicz recibida por un joven mexicano residente en Varsovia! ¡Qué exceso, qué anomalía! Yo asentía y me regocijaba. «Como todo en la vida de Gombrowicz», me decía.

En la carta me explicaba que alguien había puesto en sus manos la traducción al español de Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrzejewski, y que le había parecido satisfactoria. Tanto, que me invitaba a colaborar con él en la traducción de su Diario argentino, que publicaría en Buenos Aires la editorial Sudamericana. Fue el inicio de una mejoría considerable en mis condiciones de vida. De repente comencé a recibir proposiciones de varios lugares. Mis fuentes de ingreso en México eran Joaquín Mortiz, Era, la editorial de la Universidad Veracruzana. En Barcelona, Seix Barral y Planeta; en Buenos Aires, Sudamericana. En el pasado, sólo había logrado colocar esporádicamente unas cuantas traducciones. A partir de entonces, con sólo tres o cuatro horas diarias pude recibir un ingreso regular que en la Polonia de aquellos días significaba un capital muy saneadito. Más que la literatura polaca, recibía solicitudes para traducir a autores ingleses e italianos. En los siguientes seis o siete años fui fundamentalmente traductor; ese oficio iniciado en Varsovia me mantuvo de manera total en Barcelona y parcial en Inglaterra.

Evocar esa época no me hace pensar que «vivía yo otra vida», como por lo general se dice, sino más bien que la persona a quien me refiero no era del todo yo mismo; se trataba, en todo caso, de un joven mexicano que compartía conmigo el mismo nombre y algunoshábitos y manías.

«Todo está en todas las cosas» (El arte de la fuga en Trilogía de la memoria, 2007)

◾️

Un cronista de lo real, un novelista, y si talentoso mejor, Dickens, por ejemplo, concibe la comedia humana no sólo como una mera feria de vanidades, sino que, a partir de ella, nos muestra un complejo mecanismo de relojería donde la extrema generosidad convive y participa con crímenes inmundos, donde los mejores ideales que ha concebido y realizado el ser humano no logran apartarlo de sus infinitas torpezas, sus mezquindades y sus perennes demostraciones de desamor a la vida, al mundo, a sí mismo; creará con su pluma personajes y situaciones admirables. Con la inmensa suma de imperfecciones humanas y la más reducida y grisácea, hay que decirlo, de sus virtudes, Tolstói o Dostoievski, Stendhal o Faulkner, Rulfo o Guimarães Rosa han obtenido resultados de suprema perfección. El mal es el gran personaje, y aunque por lo general resulte derrotado, no lo está del todo. La perfección extrema en la novela es el fruto de la imperfección de nuestra especie.

¿De qué alquimia delirante habrán surgido los libros más perfectos que conozco: La cruzada de los niños, de Schwob; La metamorfosis, de Kafka; El Aleph, de Jorge Luis Borges, Movimiento perpetuo, de Monterroso?

El viaje (Trilogía de la memoria)

◾️

El libro realiza una multitud de tareas, algunas soberbias, otras deplorables; distribuye conocimientos y miserias, ilumina y engaña, libera y manipula, enaltece y rebaja, crea o cancela opciones de vida. Sin él, evidentemente, ninguna cultura sería posible. Desaparecería la historia y nuestro futuro se cubriría de nubarrones siniestros. Quienes odian los libros también odian la vida. Por imponentes que sean los escritos del odio, en su mayoría la letra impresa hace inclinar la balanza hacia la luz y la generosidad. Don Quijote triunfará siempre sobre Mein Kampf. En cuanto a las humanidades y las ciencias, los libros seguirán siendo su espacio ideal, sus columnas de apoyo.

Hay quienes leen para matar el tiempo. Su actitud ante la página impresa es pasiva: se afligen, se divierten, sollozan, se retuercen de risa; las páginas finales donde todos los misterios se han revelado ya les permitirán dormir con mayor tranquilidad. Buscan los espacios donde el lector primario suele refocilarse siempre. Para satisfacerlos, las tramas deberán producir la mayor excitación a un costo de mínima complejidad. Los personajes serán unívocos: óptimos o pésimos, no hay posibilidad de una tercera vía; los primeros serán en exceso virtuosos, magnánimos, laboriosos, observadores de toda norma social, son bondadosos en extremo aunque su filantropía superficial desdore a veces el conjunto con registros melosos demasiado cargantes; en cambio, la perversidad, cobardía y mezquindad de los indispensables villanos no conocerá límites, y aunque ellos intenten regenerarse, un instinto maléfico se impondrá sobre su voluntad y jamás los dejará en paz; acabarán destrozando a quienes los rodean y luego se volverán contra sí mismos en un afán de destrucción incesante. En fin, los lectores adictos a ese combate de buenos versus malvados acuden al libro para entretenerse y matar el tiempo, nunca para dialogar con el mundo, con los demás ni con ellos mismos.

El mago de Viena (Trilogía de la memoria)

◾️

Había que dejar por la paz ese México lejanísimo. Si algo lo mantenía por el momento en pie era un interés muy vivo por estudiar una serie de materiales que pugnaban ya por integrar un nuevo libro. Había descubierto hacía unos meses, aun en Bristol, la correspondencia entre el administrador de una empresa petrolera inglesa de la Huasteca y su central en Londres, durante los conflictos petroleros que desembocaron en la expropiación de las empresas y la consiguiente ruptura de relaciones entre Inglaterra y México. Extendió su curiosidad a la continuación de esas relaciones difíciles cuya reanudación hizo posible la guerra, a las visitas de destacados intelectuales y periodistas británicos al general Cedillo (iWaugh, nada menos!), quienes se obstinaban en verlo como al buen salvaje en el cual sí había germinado la siembra de la catequización. El hombre necesario para derrotar el caos. La prensa mundial se expresaba sin el menor sentimentalismo: si Cedillo se negaba a encabezar la rebelión, o si era derrotado, el único camino a seguir debía ser la intervención armada. Poner punto final al desorden. Tomó entonces algunas notas; las había repasado y ampliado en México. Y hacía apenas dos o tres semanas, poco antes de terminar el año, encontró a una condiscípula, Mercedes Ríos, con quien comentó sus lecturas del momento y le habló de algunos aún vagos proyectos de trabajo. Mercedes le prestó unas copias fotográficas de un legajo referente a las actividades más o menos clandestinas de ciertos agentes alemanes activos en México durante ese mismo período. Habían pertenecido a un tío suyo, alto funcionario de la Secretaría de Gobernación en el período de la guerra, y supuso que podían resultarle sugestivas, pues de alguna manera se ligaban con su tema. Él había pensado en una investigación más restringida: la acción de las empresas petroleras contra México, el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la participación del país en la causa aliada; soluciones de facto a los problemas creados por la expropiación, etc., pero la lectura de aquellos documentos le hizo advertir mil posibilidades nuevas. Se propuso ampliar el ámbito, estudiar la situación mexicana en relación a la internacional, y no solo respecto a los países a quienes pertenecían las empresas expropiadas. Un período muy estimulante. En otras partes comenzó a encontrar materiales que renovaban su interés en dicha época fundamental, la que, a pesar de su cercanía en el tiempo, parecía tan remota como aquella en que José María Luis Mora intentaba ambientar en el país las tesis de la Ilustración y acercar el tiempo mexicano al Siglo de las Luces. Mercedes había acertado en cuanto al interés que le despertarían tales documentos. Se sumió en ellos un fin de semana. Un perfume amargo, el del misterio, emanaba de esas escuetas fichas biográficas. De alguna manera recreaban la atmósfera de ciertas películas, de ciertas novelas, que uno estaba acostumbrado a situar en Estambul, en Lisboa, en Atenas o Shangai, pero jamás en México. Eran poco más de cincuenta páginas. Las leyó un sábado por la noche y fue tanta su excitación que ya no pudo dormir. El domingo volvió a estudiarlas, a tomar notas, a reflexionar sobre esos datos. Debido a tal lectura estaba allí, en el patio del bizarro edificio de ladrillo rojo, y miraba de manera imprecisa una esquina del primer piso, donde suponía, sin tener ya la entera seguridad, que había estado su dormitorio hacía treinta y un años, durante los meses que pasó en casa de sus tíos Dionisio y Eduviges. Dionisio Zepeda y Eduviges Briones de Díaz Zepeda, como a ella le gustaba puntualizar.

El desfile del amor (1984)

◾️

Jamás la literatura se ha sentido a gusto en medio de estrecheces dogmáticas; se rebela hasta de los mismos cánones creados por ella cuando ya los considera innecesarios. Se inconforma también cuando se la trata de enclavar en una sola región. El deseo de abolir las fronteras culturales se presenta en el mismo momento en que alguien fija las fronteras reales, las necesarias a la tribu, a la razón de Estado. El Renacimiento hizo circular ideas, temas, estilos, tonalidades y maneras. Uno de sus más altos atributos es la universalidad. Marsilio de Padua y sus discípulos tradujeron a Platón; Shakespeare rehizo textos de Bandello; Cervantes fue seducido por las novedades italianas y también, según hoy se sabe, por las formas narrativas árabes de las que tuvo noticia durante su cautiverio en Argel; nuestro Juan Ruiz de Alarcón escribió una obra maestra, La verdad sospechosa, que Corneille reescribió con el título de Le menteur y mucho más tarde Goldoni con el de Il bugiardo; hubo variantes de La Celestina en muchas lenguas; Garcilaso y Boscán introdujeron la métrica italiana en España, no sin dejar de recibir algún que otro raspón de los guardianes de la lengua. Más tarde, durante la fiebre romántica, ¿qué poeta no quiso ser Manfredo y Lara y el Corsario y Don Juan? Buenos y medianitos, portentosos y deleznables, reducidos a un sombrío cuarto de estudiantes, o instalados en la biblioteca de un palacio soberbio, en Puebla o en Morelia, en Lisboa o Coimbra, en París, en Petrópolis, en Vilna, en Milán, en Sevilla y en Nápoles, igual en las grandes metrópolis que en poblados perdidos, los versos de Byron deslumbraron, iluminaron y enloquecieron a una ardiente pléyade juvenil enamorada de la poesía y también de su propia juventud, del amor y de la muerte. Los modernistas hispanoamericanos a finales del siglo XIX comenzaron a imitar a modo de aprendizaje a los simbolistas franceses para luego descubrir sus propios registros y poder así mudar la poesía en lengua española. Entre nosotros, la influencia de Darío, Borges, Neruda, Lezama Lima, Vallejo, Rulfo y Onetti, para mencionar sólo unos cuantos nombres, ha producido una vasta legión de imitadores, malos seguramente en su mayoría, lo que en realidad importa es que esa obra marca niveles de calidad que es imposible ignorar. Resultaría aberrante después de leer a Rubén Darío aceptar que el español Núñez de Arce es un gran poeta. Se puede —y se debe— escribir de manera distinta y aun antagónica a la de ellos. La mera existencia de un gran creador borra a muchos de sus contemporáneos y a cadenas de predecesores cuya medianía sólo se advierte ante la aparición de una figura mayor.

Defiendo la libertad para encontrar estímulos en las culturas más varias. Pero estoy convencido de que esos acercamientos sólo son fecundos donde existe una cultura nacional forjada lentamente por un idioma y unos usos determinados. Donde nada hay o hay poco, el avasallamiento es inevitable y lo único que se crea es un desierto de vulgaridad. Quienes nunca han ocultado su desprecio a los riesgos que implica una cultura viva, su desconfianza a la imaginación y a los juegos, pueden sentirse satisfechos. La vulgaridad se vuelve regla. Pero estoy convencido de que ni siquiera la inexistencia de lectores podrá desterrar la poesía. Sin esa convicción me resultaría intolerable seguir viviendo.

«Salvo el instinto lo demás son minucias» (Una autobiografía soterrada, Editorial Almadía, México, 2010)

◾️

Me he propuesto visitar La Habana sólo los sábados y domingos, después de salir de la clínica. Anteayer fue nuestro primer sábado, fui con Paz al Museo de Bellas Artes a ver la soberbia colección de Wifredo Lam, pasamos al hotel Meliá a comprar El País, recorrimos el corazón de La Habana, y en los puestos de libros encontré algunas maravillas: la poesía completa de Gastón Baquero y la de Emilio Ballagas, la obra narrativa casi completa de Lino Novás Calvo, de quien fui incondicional en mi juventud y una edición mexicana, que en las librerías de México jamás vi, de ese libro considerado maldito durante muchos años, Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro, que César Aira compara con el más provocativo Genet en su Diccionario de autores latinoamericanos. La Habana vieja es un portento, añade al cosmopolitismo turístico la fuerza popular del Caribe. Pululan los músicos por todas partes. Cuando conocí La Habana por primera vez los turistas llegaban de Estados Unidos; hoy los que hablan inglés en las plazas y en los restaurantes son canadienses; pero también se oye francés, italiano, mucho portugués, y en abundancia el español de España. El lenguaje de los negros y mulatos me resulta casi ininteligible, un papiamento extraordinariamente melodioso, como extraído de poemas del primer Guillén, de Ballagas y los cuentos de Lydia Cabrera. Podría ser que en mis primeras visitas a Cuba, antes de la revolución, los mulatos no circulaban por las calles de La Habana vieja en tal cuantía, o que en esos tiempos se esforzaran por hablar con un español de acento cubano regular para no ser despreciados por los blancos, o quizás mi memoria retuviera otros aspectos de la ciudad para mí más atractivos que la manera del habla popular.

De pronto me vi frente al Floridita, el bar donde Hemingway, ya se sabe, pasaba a tomar sus daikirís al llegar a La Habana; a su lado está La Zaragozana, el mejor restaurante de Cuba y uno de los más antiguos de la ciudad, abierto a mediados del XIX. Entré allí como convocado a descifrar una parte de mi pasado, a jugar al acusado, al fiscal y al juez en una misma persona. La decoración de La Zaragozana a la que entré el sábado me era desconocida. Me parece que en la primera vez su arquitectura interior era igual al estilo de los años treinta o cuarenta, con un eco de Alvar Aalto, el finlandés, o aun de Adolf Loos, el austriaco. Pero no confío en mi memoria, por eso estoy encerrado en La Pradera. Las paredes del restaurante están pintadas con fachadas de viejas fondas españolas y eso me desconcertó; en cambio, los muebles, los uniformes y el estilo de servir de los meseros tenían todo el gusto del pasado, como en las mejores escenas de Lubitsch. «¿Cuándo viniste aquí la primera vez?», me preguntó Paz. Hice la cuenta y me quedé petrificado: ¡cincuenta y un años! Debió ser en los finales de febrero o los primeros días de marzo de 1953. Era yo un joven que estaba por cumplir los veinte años, lo recuerdo bien porque tuve que salir de México con la aprobación de un tutor.

«Diario de La Pradera» (Una autobiografía soterrada)

1 comentario en “Onduras de Sergio Pitol”

  1. Jose Prats Sariol

    Las dos últimas veces que conversamos fueron en la Casa Refugio del Escritor de Citlaltepetl en Ciudad de México; y luego en Guajaca, tras una conferencia suya, siempre amena y erudita. Un año después recibió el Cervantes, merecido, porque no premia ninguna ética sino una obra, y Pitol la tuvo como traductor, ensayista… Poco después me enteré por Philippe Olle-Laprune que había comentado que nunca debieron otorgarme refugio en Puebla. Su moral abunda mucho, como se sabe, entre diplomáticos, entre escritores mexicanos que bailaron al ritmo del PRI. Parece que don Porfirio Díaz tuvo razón: «A los escritores tírale a la barriga». Pitol además nunca criticó al castro-comunismo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio