Be it life or death, we crave only reality.
Henry David Thoreau
El cielo no es azul. El mar tampoco.
Homero no escatima detalles de las armaduras o las heridas pero es parco en el uso de colores. Rumbo a Troya ni el cielo es azul ni el mar es azul. Al cielo lo iluminan los rosáceos dedos de la Aurora, el mar es color vino y la sangre negra, rara vez rojiza o púrpura.
Joyce aprovecha el uso arbitrario del color para subrayar la zanja que separa a Ulysses de la Ilíada o la Odisea del ciego: el mar de la bahía de Dublín, estancado, incapacitado para aventuras, es color verde moco.
Rumbo a Troya se navega un mar embriagante, como si desde su profundidad a la cresta de cada ola, y de orilla a orilla, ese mar fuera una enorme crátera. Capaces de aprovechar la inagotable mezcla de agua y vino, así la sensación, los héroes van a la guerra como a una aventura, a un festín. Irónico envés del inminente acontecer: heridos, muertos o cadáveres cubiertos de moscas, muchos convidados pronto teñirán la tierra y los ríos con una mezcla de colores donde predomina el de la sangre.
…poniéndose delante, desvió la amarga flecha: la apartó del cuerpo como la madre ahuyenta una mosca de su niño que duerme plácidamente, y la dirigió al lugar donde los anillos de oro sujetaban el cinturón y la coraza era doble. La amarga saeta atravesó el ajustado cinturón, obra de artífice; se clavó en la magnífica coraza, y rompiendo la chapa que el héroe llevaba para proteger el cuerpo contra las flechas y que le defendió mucho, rasguñó la piel y al momento brotó de la herida la negra sangre. (Canto IV, 127)
Allí se oían simultáneamente los lamentos de los moribundos y los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba sangre. (Canto IV, 446)
Aquiles… saltó al río… y comenzó a herir a diestra y siniestra: al punto se levantó un horrible clamoreo de los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la sangre. (Canto XXI, 17)
…Aquiles puso mano a la tajante espada e hirió a Licaón en la clavícula, junto al cuello: le clavó toda la hoja de dos filos, el troyano cayó por el suelo y su sangre fluía y mojaba la tierra. El héroe cogió el cadáver por el pie y lo arrojó al río para que la corriente se lo llevara… (Canto XXI, 114)
Estos episodios, sobre todo los de sangre negra mezclada con agua de río —blanco y negro movido, fílmico, como tomas para una película de acción japonesa—, recuerdan escenas romanas narradas al rojo vivo de la vida real.
Mal herido, riega un mantel de sangre entre las copas y los platos, que entrechocan, tintinean, se derraman; festejando la violenta sorpresa, los comensales mueren de risa mientras el gladiador agoniza. En cuanto retiran el cuerpo, el banquete prosigue, sin que haya cesado ni por un instante el enfrentamiento de los contratados para amenizar la ocasión.
Lo describe Silio Itálico en Punica, ca. 92, a quien Montaigne cita en 1580. Medio siglo después, Giovanni di Stefano Lanfranco le da forma y color a la escena en 1638: Gladiadores en un banquete. ¿Se debe este cuadro a la lectura de Punica o de Montaigne? ¿O acaso a la primera edición completa en italiano de Essais, traducida por Girolamo Canini y publicada en Venecia en dos volúmenes por Marco Ginammi en 1633-1634, apenas cuatro o cinco años antes de que lo pintara?
Quienes, como Casanova, alquilaron pisos para ver el descuartizamiento de Damiens, disfrutaron el espectáculo como una tragedia; los banquetes con gladiadores, entretenimiento de moda durante la segunda guerra púnica, ofrecían un roce más inmediato con la violencia y la muerte, encimando a las concurridas mesas cuerpos borboteantes, mutilados, para que los patricios no vacilaran en celebrar la comedia: mientras más muertos y más muertos los muertos, mejor.
Enajenantes, la escenografía y la acción elevan la satisfacción gastronómica al éxtasis, como si quedara suspendida la irreconciabilidad entre vida y muerte por dinámicas usurpaciones del yo ajeno, facilitando la tercerización de las personas, incluso la propia;
Interactivo y participativo, aunque no tanto, el espectáculo pretende domesticar a la muerte, compartida por la proximidad de los cuerpos de quienes fallecen y de quienes sin someterse a ningún riesgo sobreviven enardecidos, incólumes, reflejados en los caídos como en espejos rotos;
Escenas donde nada es obsceno y todo acaece para/por/ante/con/frente a los convidados, que se prestan con absoluta inmunidad y sin pudor alguno como coprotagonistas;
¿Se trata acaso de un antiguo happening? ¿Un happening sin happy end excepto para el público? Quienes mataban y morían, ¿eran músicos y poetas? ¿Instrumentos, teclas, notas? ¿Armonías, acordes, ritmos, rimas? ¿Son precursores de John Cage y Allan Kaprow los anónimos coreógrafos, directores y actores que hace más de dos mil años improvisaban con el gladio y sus tajos montajes de sucesos azarosos, irrepetibles, sin afán de crear una novedosa manifestación artística, como se hizo en la década de los 50?
Único, inalterable, ajeno a sí mismo, el tiempo conjuga las superficies del espacio; despierta y matiza colores y sombras con el fuego del sol; aclara, oscurece, acalorándose o no, acaracolándose o no, al pasar de aquí a allá sostenido en su nunca y siempre ahora; sugiere así formas, figuras, incluso abismos a los sentidos, para que adivinen en sucesivos asombros esbozos euclidianos y puntos de encuentro hasta en los puntos de fuga. Hay mar color vino y también ríos, manteles, chitones y togas color vino.





Siempre leer a Octavio Armand es un goce ante sus sesgaduras, «clinámenes «, aquí con ese asombro ante lo «divertido» que siempre ha sido la violencia para muchos seres humanos, empezando por las élites del Poder. Y le ha bastado con el cuento, ni una sola inferencia conclusiva, que en él sería enfática.