El Realismo Trascendental es afín a las cosmologías tradicionales, en las que lo real aparece como una totalidad; articulada sistemáticamente en el Cosmos, y estabilizada en esa sistematicidad, como su propia consistencia. En estos sistemas, la verdad no es adecuación, sino coherencia estructural, propia de la experiencia; la lluvia, el rito, el calendario, el gesto y el nombre, no están separados por niveles de realidad, sino integrados en una misma forma, que es lo real.
La modernidad rompe esa integración, pero el Realismo Trascendental no busca restaurarla en el Romanticismo; sino reconstituir el principio estructural originario, que comprende a lo real como manifestación, en la experiencia. Esto ocurriría naturalmente, pues es la forma en que se organiza lo real en sus fenómenos, no en que se lo percibe; pero esta percepción es la que ha sido afectada por el desarrollo de la filosofía occidental, con su énfasis en el Idealismo.
Esa fragmentación tampoco será accidental, sino el resultado de fundar esta comprensión en posiciones abstractas; como naturaleza que las parcializa funcionalmente, con tres casos paradigmáticos de las limitaciones de esta proyección. Heidegger es el último de estos tres —los otros dos son Kant y Hegel—, como culminación que diagnostica ese desarraigo; cuando denuncia la pérdida del Ser, como la cosificación del ente en su objetividad, olvidando el sentido.
La propuesta de Heidegger —retornar a la pregunta por el Ser— es lúcida, pero también incompleta y en ello insuficiente; porque el Dasein abre el horizonte de lo real, pero no lo entiende en su estructura, que es lo que se manifiesta como experiencia. No hay en Heidegger una comprensión de lo real como totalidad sistemática, sino sólo apertura formal a su posibilidad; se queda en el gesto, que es fundacional, pero no intuye el orden que reclama, porque es aún rehén de la universidad.
Heidegger —como Kant, Hegel y todos los filósofos modernos— es un profesor de filosofía, y condiciona en ello su cognición; es como una maldición platónica sobre reyes guerreros, que cambian el trono por la toga vulgar de la clase media. No hay aristocracia que mantenga su funcionalidad más allá de su primera generación, sin corromperse en la molicie; y la filosofía, como máxima especialización intelectual de una clase, no escapa a esa fatalidad, como muestra Heidegger.
El problema es de sutileza ontológica, para Heidegger el Dasein no crea el Ser, pero sin Dasein no hay Ser como tal; el Ser no es postulado como una cosa ni como una idea, sino como una estructura que posibilita su manifestación. Eso es importante y grandioso, concluyendo la tradición Idealista con el objetivismo hegeliano como sin sentido; porque sin la experiencia no hay Ser, aunque esta no lo produzca, sino que sólo lo revele en su comprensión.
De algún modo, el dasein es la posibilidad del Ser —que entonces es objetivo como Entidad— pero no su realización; y ahí Heidegger no supera las limitaciones hermenéuticas del Idealismo, que provienen de su categorización de lo real. Eso es apenas natural, en 1927 aún la física cuántica discutía la estructuralidad de lo real ante el escepticismo de Einstein; que concluye a su vez la física clásica (Newton), desde la intuición de Galileo, para una sistematización definitiva de lo real como físico.
De este modo, todos los acercamientos clásicos a la metafísica se dan como sobre fenómenos infra o extra positivos; según su determinación del Ente, pero no en su posibilidad sino su realización misma, aflorando al final como experiencia. Esto retrae el Dasein a la experiencia misma, como propiedad del Ente —en su realización— como Ser, ya no como objeto; pero sin que eso implique una subjetividad sino una objetividad relativa, porque es siempre objetivamente comprensible.
Lo importante aquí es el carácter epifenoménico de lo real en cuanto humano, propio del fenómeno de lo real; que es lo que otorga consistencia a todo (Cosmos), no como una substancia distinta de su expresión, sino esta expresión misma. Este es el paso que no da Heidegger, pero sí Lezama Lima, explicando en su perplejidad la experiencia de lo real; que es la base de este Realismo Trascendental erasmiano, retomando los recursos epistemológicos de su tradición.
De esto va la tensión tricotómica del Realismo Trascendental, resolviendo lo real en la realización trialéctica; el escándalo gnoseológico que culmina las cosmologías clásicas en el cristianismo, ante el que se retraen Arrio y Heidegger. Este retraimiento es la desconfianza at infinitum, de la convención política como la falsa conflictividad del Ser; que participa del Padre en su trascendencia, pero por la suya propia como inmanente, en la suficiencia de su realidad.




