Gigante por lo acendrado y pulcro de su escritura en prosa y gigante por su estatura física, se dice –lo confirma el archivo fotográfico de la época– que José Enrique Rodó medía casi dos metros de quijotesca figura y desgarbo. Y se dice, que de similar tamaño fueron su reserva y ensimismamiento, la misantropía y misoginia de sus años finales; su desprecio por algunas ideas de la democracia anglosajona, que, en su variante norteamericana, percibió como un sistema corrosivo de la libertad y elevación de la “persona humana” en el Uruguay moderno.
Rodó nace en una familia acomodada y vinculada al liberalismo Colorado, en el Montevideo señorial de 1871. Al igual que tantos connacionales, su padre fue un emigrante, un recio comerciante catalán dispuesto a abrirse paso en un país de posibilidades. Y como también fue común en este Uruguay poscolonial, su madre perteneció a la nación profunda: católica, conservadora, y con ínfulas aristocráticas.
Su primera maestra lo recuerda como un niño reconcentrado, pálido, delgado y alto. Y ya, desde la infancia, dado a la lectura compulsiva y a la escritura. Muerto el padre a sus 15 años, Rodó sufre la primera de sus tantísimas crisis anímicas que ya no lo abandonarán el resto de su vida. A partir de ahí se refugiará en su hogar en el que vivirá con su madre y sus hermanos también solteros: hogar que no abandonó jamás, ni física ni espiritualmente, salvo para salir al exilio europeo al final de su vida. Finalmente muere, solo y abandonado, en una pensión en Palermo, Italia.
Si nos atenemos a la tipología junguiana del carácter, es decir, a sus “tipos psicológicos”, Rodó es un “introvertido reflexivo”. Si lo vemos con la clasificatoria que Aldous Huxley emplea en su libro ya clásico La filosofía perenne, Rodó fue un “cerebrotónico”. En una y otra definición: el ser humano más atento a sus propias construcciones intelectuales sobre la realidad, que a lo real en sí mismo. Para uno y para otro: el “tipo humano” creador de sistemas religiosos, filosóficos y estéticos; y en un orden tal vez más apegado a lo empírico, el científico visionario e innovador.
Por su formación intelectual y carácter personal, Rodó era partidario de una democracia de élites, pero de élites intelectuales y espirituales, nunca económicas o políticas. Así, a la manera platónica, creyó en el Rey filósofo y sabio que gobierna la utópica ciudad de Caliopolis. En su caso, él fue Próspero, duque regente de un reino interior: mirador, atalaya vigilante y nunca torre de marfil, desde donde controló con mano firme el ritmo de su prosa, así como las imágenes que de ella brotaban.
Platónico confeso: en consecuencia, fue más helenista que cristiano. Y como todo platónico, al fin y al cabo, Rodó fue un ser dual para quien la materia y lo vital eran una caída en un agujero; un encenagarse, un daño al ser incorruptible del hombre nacido para el conocimiento y la contemplación de las ideas resueltas en Belleza y formas marmóreas del lenguaje. No hay ni que decirlo: neurosis, hiperestesia, esteticismo, y dualismo (al modo de los antiguos gnósticos y otros cultos de raíz oriental), es una combinación muy frecuente desde el Romanticismo hasta las propias vanguardias del siglo XX.
Por sus ideas políticas y sociales, por su culto al estilo y su “concepción analógica de la historia”, Rodó tiene aquella vibración que lo acerca a intelectuales de derecha, reaccionarios y antimodernos, de los que habla Ernesto Hernández Busto en su libro Mito y revuelta, fisonomías del escritor reaccionario. Tal vez lo apuntado por Hernández Busto en el postfacio del libro, con respecto al escritor reaccionario, pueda ser aplicado a Rodó: “ser leídos como fenómenos de estilo, autores de un psicodrama de prosa visionaria o síntomas de una fantasmagoría que sólo puede entenderse en términos de literatura”. Aquí también: fenómeno y culto al estilo en la escritura y en la vida; repulsa a la realidad cotidiana e histórica vistas como cárcel, como ciénagas y prisiones del alma, es otra combinación que –al modo alquímico– se enlaza con la del párrafo anterior.
Por tal razón, desde esa pulsión jerárquica y vertical con la que manejó su prosa rítmica y visionaria, no puede extrañarnos que su pensamiento fuera incorporado por algunos de los gobiernos militares y autoritarios de derecha en el Uruguay del siglo XX. Como ejemplo, véase el credo educativo de la dictadura en 1978, “El educador oriental: su fe”, publicado en la revista El Soldado. En este credo, enfrentado a la subversión interna del Uruguay y a las ideas del “comunismo internacional”, Rodó es uno de los referentes como defensor de la “Tradición hispánica” y latina; así como de un “Idioma español” visto como lazo unificador de la cultura y la gran nación hispanoamericana. Sí, porque no debe olvidarse que existe, también, una tradición autoritaria e imperial en la latinidad, de la cual Julius Evola, filósofo tradicional y hermetista italiano, es la figura principal.
Para ubicar a Rodó epocalmente, y en este espacio al sur de América, no está de más apuntar su contemporaneidad con el argentino Leopoldo Lugones. Ambos pertenecen a la generación que se debate entre el anarquismo de fines del XIX y el socialismo de comienzos del XX. Inclusive –cosa que con frecuencia ocurrió en muchos de estos intelectuales modernistas–, ellos son a un tiempo, anarquistas y socialistas, aunque esto pudiera significar una contradicción.
Aquí pueden ensayarse las siguientes variables: en el nuevo momento del capitalismo a nivel mundial en su fase monopolista de concentración de poder y violencia encubierta, hay en los medios intelectuales y artísticos, una repulsa a toda idea de Estado, autoridad y gobierno; repulsa a las ideas de la democracia liberal y de sus mecanismos legítimos y parlamentarios de dominación mediante el control en todas sus variantes. Por consiguiente, en muchos de estos intelectuales, tantas veces desclasados, se da una atracción por ideas socializantes, o socializadoras, que se confundirán con el corporativismo, el estatismo y el totalitarismo de izquierda o derecha a nivel de toda la sociedad.
Es así que, desde estos movimientos políticos y de masas de la primera mitad del siglo XX, no es descabellado pensar que de haber vivido lo suficiente, tal vez, Rodó hubiera tomado un camino similar al de Lugones en “La hora de la espada”, su famoso y controvertido discurso de 1924, para conmemorar el centenario de la victoria de Ayacucho. Ese discurso, se ha dicho, es el antecedente del golpe de estado del teniente general José Félix Uriburu en 1930 contra el gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen. Veamos como lo escribe Lugones: es “la hora de la espada”, quien “implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, porque es su consecuencia natural, hacia la demagogia y el socialismo”. Leyendo a Lugones y su mesianismo militar y literario, uno no puede dejar de pensar en las ideas claves que conformarán el ensayo de Rodó, “El que vendrá”: profecía, nostalgia, voces interiores, aurora, fuego purificador, arcángel y espada.
Sin embargo, nótese que en el párrafo anterior, digo, “tal vez”, para hablar de la posible deriva autoritaria en el pensamiento y accionar político del urugayo. En realidad, sabiendo que las pasiones políticas en este lado del Plata siempre han estado más medidas y mediadas que en la Argentina, nada permite asegurar esa idea autoritaria en sus ideas políticas y sociales. Sin embargo, ahí también está su ensayo sobre el caudillo Simón Bolívar, el “héroe”, pero al modo en que lo pensó el escritor escocés y conservador Thomas Carlyle.
Por esa prosa mármorea, adusta, elevada, a José Enrique Rodó lo leí con devoción allá en La Habana de mi juventud, en los años 90: prosa de un modernismo ya post-rubendariano o, mejor, post-rubendaríaco, porque lo “rubendariano” no pasa de época. Años después, lo releí, íntegro, para escribir mi tesis de maestría, “Literatura y descolonización. Lamming, Cesaire, Retamar. Tres relecturas de La tempestad”. Por supuesto, pensando ahora en mi tesis, me refiero solamente a su ensayo “Ariel” y a sus otras metáforas y personajes conceptuales sobre los que ha discurrido gran parte del pensamiento latinoamericano del siglo XX: Ariel, Caliban y Próspero, personajes a los que se sumará, años después y en tiempos del feminismo, la bruja Sicorax, madre del propio Caliban.
Hoy, al caminar en cualquier domingo por el viejo Montevideo en busca de su feria popular de la calle Tristán Narvaja, el Montevideo frío y señorial, sobrio y de tonos grises y apagados, me parece comprender a este hombre que parece haber vivido sin el afecto, sin calor femenino, y con una sordina puesta encima de la “víscera sintiente”. Y también puedo comprender, mejor, la relación de la literatura con la “producción de lugares”, y cómo de forma oblicua la ciudad interiorizada –un locus– también produce literatura. Hoy, consecuencia de un minimalismo en el lenguaje –minimalismo mal comprendido, mal asimilado y peor empleado– y cuando tal parece que el lenguaje se ha adelgazado al pasarle una aplanadora por encima, no está de más detenerse en la vida y obra de este ser que el andaluz univeral, Juan Ramón Jiménez vio, “estatuario y fijo”; no está de más detenerse en las páginas casi perfectas de este gigante de la literatura.





Tápanes solo uno.
Buscar los excelentes estudios sobre Rodó de Emir Rodríguez Monegal, Alfredo A. Roggiano y el alemán Ottmar Ette… Entre otros.