Hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère, te he deslizado en el buzón La voz tras el escenario (Una antología personal) de Mario Praz, por si acaso la vulgaridad ambiente te tuviera al borde del colapso. Recién publicado por Ediciones Atalanta, el volumen es una exquisita colección de rarezas intelectuales, impregnada del aroma de los elegidos de Estilo; con una prosa algo distinta a la de esos folletos que los demás carteros, tan diligentes ellos, insisten en repartir a diario.
Praz —ese flâneur melancólico del pasado, mitad enciclopedista, mitad médium con un esmoquin impecable— tiene la decencia de convertir el ensayo en una forma de autobiografía con el disfraz justo. Su discreción resulta una forma superior de elocuencia; revela lo esencial sin la estridencia de quienes poco tienen que decir. Glosa lo ajeno como si estuviera cifrando su propio e intrincadísimo retrato. Cual figura espectral —y vaya si lo es, un coleccionista de obsesiones tan exquisitamente olvidadas— recorre los pasillos de la cultura europea con la naturalidad de quien siempre ha pertenecido a ese lugar.
Si acaso buscas aquí un catálogo de verdades académicas, me temo que te sentirás defraudado. Esto es otra cosa: una arqueología del gusto, si prefieres la etiqueta. Como en los recovecos de esas viejas mansiones atestadas de recuerdos —la suya, claro, esa inolvidable Casa de la vida—, emergen fragmentos con el aura de lo antiguo, revelando conexiones que solo una mirada educada en la penumbra de bibliotecas privadas y en museos que cierran los lunes podría detectar. Hay “retazos de vestimentas pasadas de moda” y una insistencia casi subversiva en el estilo como refugio, brújula, así como una afilada defensa personal contra la persistente marea de lo pedestre. Te insto a que escuches este pasaje, a ver si comprendes:
Quizás sea sobre todo una cuestión de luz. Los románticos de mediados del siglo XIX no eran gente alegre, y probablemente por eso crearon ese segundo rococó que pretende darse aires despreocupados y coquetos con las pícaras curvas de sus muebles, con sus llamativas lacas falsas, con los cien hoyuelos de sus tapizados, como si sofás, sillones y pufs estuvieran a punto de estallar en una inmensa sonrisa, y con sus flores diseminadas por todas partes, en tapicería, porcelanas, paredes, encuadernaciones de libros, en punto de cruz, en ramos, en cornucopias, o en grandes cestas donde las flores estaban hechas de conchas coloreadas con anilina, sostenidas por un relleno de papel verde y viejos periódicos, y protegidas por una campana de vidrio sobre una base pintada de negro brillante. Pero, a pesar de todo eso, los románticos del burgués e industrializado siglo XIX no eran gente alegre. Se diría que el denso humo de las primeras locomotoras y de las numerosas fábricas había extendido un velo perpetuo ante sus ojos, un poco como el que, no metafóricamente, Hawthorne hace llevar a su sacerdote.
Y entre tantas otras presencias, se oyen en estas páginas las inflexiones cultísimas de Vernon Lee, la orquesta un tanto excesiva pero tan suya de D’Annunzio, el claroscuro eterno de las vanitas… Todo ello orquestado por una mente que tuvo la rara virtud de convertir el coleccionismo en una forma de introspección prolongada, y la crítica en un arte mayor.
La primera edición italiana, Voce dietro la scena: Un’antologia personale, fue publicada por Adelphi en Milán, allá por 1980, a petición de Roberto Calasso. Con esto, mi hypocrite lecteur, ya deberías tener más que suficiente para intentar pensar por ti mismo, si es que aún te quedan arrestos para ello.
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Esta mañana, mientras entregaba un ejemplar de Bartleby a la señora Clotilde Bernal, que insiste en leer solo autores que terminan en suicidio o desaparición, un gato color humo se subió a mi bolso y se negó a bajarse durante cuatro cuadras. No maulló, solo me miraba con esa expresión que uno encuentra en los retratos de Nietzsche. Le leí aquel fragmento de Praz en voz alta y, satisfecho, se bajó en silencio en la esquina de Ursulines con Chartres.





Eloise Baptiste va los sábados en la noche a un bar de Storyville, donde la victrola sólo tiene discos de Armstrong, Bechet y Kid Ory… El lunes espera un nuevo libro, viene de San Petersburgo, son poemas escritos con un seudónimo tártaro, de una ucraniana que escribía en ruso, llamada Anna Ajmátova. Me encanta la cartera…