Lectura de ‘Las bacantes’ en la noche

Leo Las bacantes de Eurípides mientras a mis espaldas la radio pretende contabilizar el número de muertos en Irán. Estoy en un pequeño pueblo de España, habitualmente silencioso, pero el escándalo de la guerra lo invade todo. Basta con encender el teléfono y allí está la inmensa algarabía de los que quieren imponer sus puntos de vista. Edificios que se derrumban, vuelos cancelados, las bolsas anuncian que unos índices caen y el petróleo se eleva a alturas olímpicas. Mientras tanto, en Tebas hay otra contienda no menos terrible.

Hacia el año 408 a. C., un Eurípides atormentado por la Guerra del Peloponeso abandonó Atenas y se refugió en la corte de Arquelao I de Macedonia. No es que se tratara de un rey pacífico: era vox populi que había hecho asesinar a todos los posibles herederos de su antecesor Perdicas II para llegar al trono, pero estaba muy interesado en helenizar las costumbres de su tierra y eso pareció suficiente garantía de civilidad al dramaturgo. Al parecer, la pieza que ahora leo había sido redactada poco antes de salir del Ática, entre ataques espartanos y respuestas de Atenas y sus aliados, pero probablemente la concluyó en la ciudad de Pella, en medio de la llanura macedónica. No llegó a verla representada. Su hijo se encargaría del estreno en Atenas en 406 a. C., un año después del deceso del autor.

Bacantes es una pieza oscura y desencantada. La obra es una advertencia sobre la decadencia de Atenas y, con ella, la muerte de un orden que se creía duradero tanto en materia de gobierno como en las expresiones filosóficas y artísticas.

No más comenzar la lectura del prólogo, pronunciado esta vez por el dios Dioniso, nos sobresalta su acusación contra Penteo, rey de Tebas: “este combate contra los dioses” (teómaco). Este era, por cierto, el reproche que Aristófanes y otros muchos hacían al propio autor, contraponiéndolo al piadoso Esquilo.

La confrontación que seguirá, con sus derramamientos de sangre, locuras y convulsiones sociales, lleva desde el inicio el sello de guerra religiosa. Nada nuevo si vuelvo la atención hacia las noticias de estos días.

Algunos estudiosos del teatro griego han asegurado durante mucho tiempo que el autor trágico quiso volver a los orígenes del género, renovar el culto a Dioniso como llamada a despertar una sociedad cuyas instituciones y hasta su pensamiento parecían declinar. Una lectura en estos tiempos, iluminada por la historia reciente, parece contradecir esa hipótesis. Eurípides no busca la ayuda de un dios para renovar la sociedad; por el contrario, se refiere a la disolución de una sociedad imperfecta, pero con cierta racionalidad, sustituida por la sinrazón y el caos.

Asimismo, el empleo del mito no es para el escritor un pretexto para exhibir figuras ideales; por el contrario, héroes y dioses son rebajados a la estatura de la gente común: son calculadores, interesados, rencorosos; poco o nada tienen que ver con la sophrosyne clásica. Cadmo, fundador de Tebas y primero de sus reyes, es en esta obra un viejo simulador y oportunista. Al comienzo de la pieza aconseja a su nieto y sucesor Penteo que rinda culto a Dioniso: “Aunque ése no sea un dios, como tú afirmas, que por ti se nombre así. Di incluso una mentira honorable: que es hijo de Sémele, para que parezca que dio a luz a un dios, y a toda la familia nos alcance el honor”.

En cuanto al adivino Tiresias, aquí es un personaje muy distante del que exhibe Edipo rey. En vez de la prudencia, de la preocupación por el destino de la polis y del sentido especial para el misterio sagrado que muestra en la pieza de Sófocles, acá sencillamente se pliega desde el primer momento al culto de las bacantes y persuade a Cadmo de hacer lo mismo sencillamente porque es lo que conviene, y su respuesta a los argumentos contrarios de Penteo tiene un fuerte sabor sofístico:

Cuando un hombre sabio encuentra un buen asidero a su discurso, no es muy difícil que hable bien. Pero tú tienes una lengua de rápido rodaje y en tus palabras no tienes ninguna sensatez. Un hombre audaz, con fuerza y capacidad de palabra, resulta un ciudadano funesto cuando le falta la razón.

No olvidemos que Eurípides, además de amigo de Sócrates, había sido discípulo de varios sofistas atenienses y que la habilidad discursiva y la torcida lógica de estos abunda en sus obras. En este caso, el coro ya ha advertido previamente que el nuevo culto no es asimilable a la sabiduría tradicional y, por tanto, no se le puede juzgar con la prudencia común: “La ciencia de los sabios no es la sabiduría” (Tò sophón ou sophía). ¿Simple antilogía o completo sofisma? En cualquier caso, es una invitación a dejarse conducir por lo irracional.

Ambos bandos enfrentados solo saben emplear métodos violentos. Penteo manda a sus guardias a secuestrar a todas las bacantes que encuentren en el monte —incluidas su madre y sus tías— y encerrarlas en la cárcel pública. En cuanto al supuesto extranjero que propaga los desórdenes:

Si logro prenderle bajo este techo, le haré cesar de golpear con el tirso y de sacudir su cabellera, ¡porque le separaré el cuello del cuerpo de un tajo! Ése afirma que es el dios Dioniso, ése que estuvo zurcido en un muslo de Zeus, que fue consumido en los fulgores del rayo, junto con su madre, por haber mentido unas bodas con Zeus. ¿Es que esto no es el colmo, y no merece la horca por propalar esas blasfemias, quienquiera que sea ese extranjero?

La respuesta del dios disfrazado va todavía más allá en el horror. Detenido bajo la imagen del extranjero, se deja conducir hasta el palacio. Una vez allí, se escamotea a los soldados, quienes creen sujetarlo cuando aprehenden a un toro y, como muestra de su venganza contra la casa real, no solo hace brotar fuego del sepulcro de Sémele, sino que derriba parte de la residencia del monarca.

Hoy la guerra se ha vuelto algo semejante. Toda la noche ha llovido fuego sobre Teherán; el gobierno teocrático —o lo que resta de él— hace vaticinios de venganza más terribles que los de Dioniso. Ya hubieran querido los dioses olímpicos armas como las actuales: la guerra de Troya hubiera durado una semana y el poema homérico apenas tendría un solo canto. Arde el Líbano y el terror no es privativo del arco entre Dubái y Chipre; ya hay profetas que anuncian a mi lado que la mismísima España debe esperar los misiles que le corresponden.

Cuando los augures de la contienda oriental callan, los sustituyen otros con un asunto aparentemente menor. La noche cae sobre Cuba. No hay electricidad, ni comida, ni medicamentos, ni esperanzas. La gente golpea cazuelas en la noche, protesta a gritos. La irritación no solo engendra violencia verbal y física, sino que la censura y la represión despiertan el lado irracional de muchos que reclaman una guerra como la del Medio Oriente, con drones y hasta misiles nucleares. Si la guerra en una parte es —supuestamente— entre el Occidente democrático y racional contra la teocracia anquilosada y represiva, allá en la isla del Caribe y en el vecino Estados Unidos muchos reclaman iguales métodos para hacer del desfalleciente baluarte socialista un espacio liberal y capitalista. Unos y otros, los que esperan un happy end de la historia, harían bien en repasar Las bacantes. Tras la embriaguez del enfrentamiento, después de la locura insuflada por el hijo de Sémele, en unos y otros saldrán a la vista los desastres.

Ahí está Ágave, que entra en escena con la cabeza del león que ha creído cazar y dar muerte. Cuando su padre, Cadmo, le hace mirar un instante hacia arriba —se supone que hacia la morada de los olímpicos—, su embriaguez dionisíaca desaparece. Lo que sostiene en alto es la cabeza de su hijo Penteo. Su júbilo se ha convertido en duelo inconsolable. El coro subraya la escena con sus palabras finales:

Muchas son las formas de lo divino, y muchas cosas realizan los dioses contra lo previsto. Lo que se esperaba quedó sin cumplir, y a lo increíble encuentra salida la divinidad. De tal modo ha concluido este drama.

Hermosas y sacrílegas palabras. La intervención de lo divino puede dar aparente solución a ciertos problemas humanos, pero no necesariamente al gusto de estos.

Tan persuasiva resultó para los espectadores de su tiempo tal escena conclusiva que en ocasiones se llenó de un sentido político más inmediato. Según Plutarco, durante la interpretación de unos fragmentos de esta tragedia ante el rey de los partos, Artavasdes, el actor Jasón de Tralles interpretó a Ágave en esa escena patética, aunque llevando, como cabeza de Penteo, la del romano Craso, recién asesinado tras la batalla de Carras.

Muy probablemente la anécdota sea falsa. La muerte del rico guerrero romano ocurrió en el año 53 a. C., un lustro antes de la fecha en que se supone que Eurípides compuso Bacantes, de manera que en el festín de Artavasdes solo pudo ocurrir algo semejante si se declamó una tragedia anterior basada en el mismo mito o si el acto tomó de la pared de los trofeos la cabeza de Craso allí disecada desde hacía tiempo, y el relato de Plutarco no da indicios de ninguna de estas dos posibilidades. Quizá se tratara de otra alucinación despertada por Dioniso.

No se equivocaba Friedrich Nietzsche al insistir en la resistencia de esas fuerzas irracionales. En El origen de la tragedia destaca:

En el atardecer de su vida Eurípides mismo propuso del modo más enérgico a sus contemporáneos, en un mito, la cuestión del valor y del significado de esa tendencia. ¿Tiene lo dionisíaco derecho a subsistir? ¿No se lo ha de extirpar del suelo griego por la violencia? Sin duda, dícenos el poeta, si ello fuera posible: pero el dios Dioniso es demasiado poderoso; el adversario más inteligente de él —como Penteo en Las bacantes— es insospechadamente víctima de su magia, y, transformado por ella, corre luego hacia su fatalidad. El juicio de los dos ancianos Cadmo y Tiresias parece ser también el juicio del anciano poeta: la reflexión de los individuos más inteligentes, dice, no consigue destruir aquellas viejas tradiciones populares, aquella veneración eternamente propagada de Dioniso; más aún, con respecto a tales fuerzas milagrosas conviene mostrar al menos una simpatía diplomáticamente cauta: aun así, continúa siendo siempre posible que el dios se escandalice de una participación tan tibia y acabe transformando al diplomático —como hace aquí con Cadmo— en un dragón.

Cae la noche en España. Las noticias vespertinas han cambiado el foco: políticos locales discuten sobre el grado de implicación en esa guerra que está durando más de lo previsible. El tono más frecuente es el de Tiresias y Cadmo: hagamos lo que nos convenga. Las ruinas de La Habana y Teherán comienzan a parecerse. Tal vez deba releer Las troyanas.


Imagen: Detalle de la pintura de la tapa de un lekanis de cerámica ática de figuras rojas: Penteo desgarrado por Ino y Ágave. Ca. 450 – 425 a. C. Museo del Louvre.

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