Virginia Woolf ha muerto —y miles de personas, mucho más allá del círculo íntimo de sus amigos y colegas, lo lamentarán; sentirán la pérdida de un talento grande y original para nuestra literatura. Pues era famosa, sorprendentemente famosa si se considera que era lo que suele llamarse «una escritora para escritores». Su genio era intensamente femenino y personal —privado, casi—. Leer uno de sus libros era (si a uno le gustaba) como recibir una carta de ella, dirigida especialmente a usted. Pero esto, tal vez, era precisamente el secreto de su atractivo.
Como todo el mundo sabe, la Sra. Woolf fue una miembro prominente de lo que los periodistas solían llamar «El Grupo de Bloomsbury», que incluía a Lytton Strachey, Vanessa Bell, Duncan Grant, E. M. Forster, Arthur Waley, Desmond MacCarthy y Maynard Keynes. En realidad, el «Grupo» no era tal, en el sentido autoconsciente de la palabra, sino una especie de clan; una de esas familias «naturales» que se forman sin el auxilio de padres, tíos ni tías, simplemente porque unas cuantas personas sensibles e imaginativas cobran conciencia de que se pertenecen y desean frecuentar su mutua compañía. Se deduce, por supuesto, que a estos hermanos y hermanas de espíritu les resultara conveniente instalarse en el mismo barrio: Bloomsbury, en este caso. Es un distrito situado justo detrás y más allá del Museo Británico. Sus tres grandes plazas —Gordon, Bedford y Tavistock— poseen algo de la dignidad y la atmósfera de los patios de los colegios de Cambridge.
Abran Al faro, El lector común o Las olas, lean un par de páginas con aprecio, y se habrán convertido ya en parientes lejanos de la Familia Bloomsbury. Pueden entrar en el santuario interior, el salón de los Woolf, y nadie se levantará para saludarles, pues ya son parte de la reunión. «Oh, pase», dice Virginia, con esa afable informalidad que es tan inimitablemente aristocrática, «ya conoce a todo el mundo, ¿verdad? Estábamos hablando de Charles Tansley… pobre Charles… qué pedante… Imagine lo que dijo el otro día…». Y así, casi sin darnos cuenta, nos deslizamos flotando en nuestra historia.
La Familia Bloomsbury se mantenía unida por una consanguinidad de talento. Se daba por sentado que uno podía expresarse artísticamente a través de la escritura, la pintura o la música. Ese era el verdadero oficio de vivir: habría sido casi indecente mencionarlo. La integridad artística era la religión familiar; y en sus mejores días podía jactarse con orgullo de no albergar a una sola prostituta de las letras, ni a un autor de folletines o un mercenario. No obstante, hay que vivir. Algunos de los hermanos y hermanas tenían aficiones muy peculiares. Keynes, por ejemplo —cuya brillante pluma descriptiva podía trazar un retrato inolvidable y despiadado de Clemenceau al margen, por así decirlo, de un informe económico para los firmantes del Tratado de Versalles—, ¡Keynes descendió en realidad a esa selva sórdida, la City, y emergió como un hombre rico! Y Virginia —la exquisita y enclaustrada Virginia— se hizo editora. Cierto es que aquello ocurrió por etapas graduales. Comenzó como una suerte de artesanía al estilo de William Morris, con Leonard y Virginia manejando su propia prensa, y los delicados dedos de Virginia, es de suponer, manchándose con la tinta de imprimir. Pero todo esto era ya historia antigua, y la prensa manual estaba guardada en el sótano bajo fundas de polvo antes del día, a principios de los años treinta, en que subí por primera vez con timidez los peldaños de la casa en Tavistock Square.
Suele ser fácil describir a los extraños. Sin embargo, aunque no coincidí con Virginia más de media docena de veces, me resulta casi imposible escribir algo sobre ella que conserve el aliento de la vida. ¿A qué siglo pertenecía? ¿A qué generación? No se podía saber: sencillamente desafiaba cualquier análisis. Al momento de nuestro primer encuentro era ya, ahora lo comprendo, una mujer mayor; sin embargo, parecía ser, de algún modo misterioso, mucho más vieja y mucho más joven que su edad. Nunca pude decidir si me recordaba a mi abuela cuando era una joven victoriana, o a mi bisabuela —si esta hubiese tomado alguna droga rejuvenecedora y vivido ciento veinte años para convertirse en la brillante líder de un salón georgiano intensamente moderno.
Uno recuerda, ante todo, esos ojos maravillosos y desolados; la figura esbelta, erguida, de hombros altos, extrañamente tensa, como si estuviera siempre alerta ante algún sonido distante; el cabello recogido hacia atrás desde la fragilidad de cáscara de huevo de las sienes; el rostro pequeño y de rasgos finos, como un camafeo tennysoniano: Mariana, o la Dama de Shalott. Sí, esa es la impresión que a uno le gustaría transmitir: una dama infeliz y de alta alcurnia en una balada, una princesa de cuento de hadas bajo un hechizo, un tanto remota respecto al resto de nosotros, un perfil recortado contra la luz que agoniza, las manos caídas impotentes sobre el regazo, un vislumbre estremecedor y momentáneo de un dolor intenso.
¡Qué tontería! Estamos a la mesa del té. Virginia brilla de alegría, de delicada malicia y de chismes —el chisme que es el estilo de sus libros y que la convirtió en la mejor anfitriona de Londres—. Escuchándola, perdíamos citas, olvidábamos amoríos, nos quedábamos horas y horas hasta la madrugada, cuando tenían que invitarnos a salir, con suavidad pero con firmeza. En esta ocasión, el invitado de honor es un novelista famoso, cuyos cuantiosos ingresos demuestran que el Arte, después de todo, puede ser rentable. Él es bastante modesto, pero Virginia, con una curiosidad sádica que recuerda a las burlas de una hermana mayor, se lo saca todo: cuánto tiempo le dieron los editores de Nueva York, cuánto la gente del cine, y qué dijo el Rey, y el Príncipe Heredero de Suecia… no tiene piedad. Y luego, cuando todo ha terminado, «Sabes, Jeremy», le dice, sonriendo casi con ternura, «me recuerdas a una vaca de concurso muy hermosa…». «¿A una vaca, Virginia…?». El novelista traga saliva pero me sonríe con valentía, decidido a demostrar que sabe aguantar el golpe. «Sí… una vaca muy, muy fina. Sales al mundo y ganas todo tipo de premios, pero poco a poco tu pelaje se llena de abrojos, y así tienes que volver de nuevo a tu campo. Y en medio del campo hay un viejo poste de piedra, y te frotas contra él para quitarte los abrojos. ¿No crees, Leonard…?», mira ella a su marido, «¿que esa es nuestra verdadera misión en la vida? Somos el viejo poste de piedra donde Jeremy viene a rascarse».
¿Qué más se puede decir de ella? Los críticos la situarán entre las cuatro mejores escritoras inglesas. Los amigos recordarán su belleza, su singularidad, su encanto. Me siento muy orgulloso de haberla conocido. ¿Era la princesa hechizada, o la niña traviesa en la merienda… o ambas, o ninguna? No sabría decirlo. En cualquier caso era, como dicen los españoles, «muy rara», y este mundo no era lugar para ella. Me hace feliz pensar que se ha liberado de él, antes de que todo lo que amaba haya sido destruido por completo. Si tuviera que buscarle un epitafio, tomado de sus propios escritos, elegiría este:
Se había hecho; se había terminado. Sí, pensó ella, dejando su pincel con una fatiga extrema, he tenido mi visión.
Tomado de Exhumations. Stories, Articles, Verses (Methuen & Co., Londres, 1986). Traducción de MHM.




