El poeta y novelista cubano Carlos Esquivel (Elia, Las Tunas, 1968), reciente ganador del Premio Kafka de Novela 2025, responde a las preguntas de los editores de Bookish & Company.
Tu novela ganadora rescata a Leopoldo Ávila, el polémico seudónimo utilizado en la Cuba de los 60 para atacar a intelectuales. En el libro, un personaje se pregunta qué hay de verdadero en su vida. ¿Es esta novela un ajuste de cuentas con la memoria histórica o una exploración sobre la fragilidad de la identidad bajo el peso de la máscara?
Soy un distorsionador. Eso está en mis genes, y no solo en los literarios. Así que me interesa usar algún proceso de la historia, la nuestra sobre todo, y ponerlo más difícil, revolver esos ámbitos. En varios de mis libros lo hice, con mayor o menor suerte. La ficción resulta más cautivadora si parece falsa y real a la misma vez. Eso quiero creer. Los nietos de Leopoldo Ávila salen a cazar día a día, noche a noche. El desastre resulta espléndido si quienes lo ejecutan llevan chalecos anti-ideas. La cacería no se ha interrumpido, amainó en alguna época, luego saqueó, clonó, removió. El sarpullido simbólico, la cerveza ideologizada, el rollo punk del chivato renqueante y ejemplar: fotos coléricas del gueto nacional. Algunos nietos de Leopoldo Ávila se han ido a la película enemiga, otros se han desencantado del oficio y recitan poemas sobre piratas ecológicos o despistadas ninfas griegas.
Se dice de ti que eres un autor sin bloqueos, cuya escritura fluye de forma consustancial al acto de respirar. ¿Cómo logras mantener esa pulsión tenaz en un entorno que, como sugieres en tu libro, a menudo prefiere el silencio, el tedio o la obediencia?
No me gustan los obedientes, lo he dicho por todas partes. No me gustan los sumisos. Prefiero a los cobardes, a esos cobardes que adaptan su territorio a una reclusión más ingobernable. Hay unos cuantos así. Con ellos puedo compartir bandas, asociarme para descreer del aprendizaje contrario. El idilio del cobarde muere en su misma casa, no puede transformarse en otra cosa, o sí, pero en el exceso de esa condición hay un desborde de extraña valentía. Me interesa describir la desaforada identidad del que está solo, infectado por similares desastres a los míos.
Por tu biografía también se sabe de tu origen en un central azucarero, hoy desarticulado. Esto es el viejo tópico del envejecimiento natural en el campo frente a la voracidad política de la urbe. ¿De qué manera ese paisaje de pueblos que se vacían ha moldeado la atmósfera de tu narrativa actual?
Mi literatura es citadina, la mayoría de ella. Sin embargo, estoy orgulloso de dónde y cómo nací, en un misterioso vaivén entre carreteras nocturnas y pueblos extraviados de Camagüey y Oriente, en el auto de mi padre. Allí mi madre me lanzó al mundo, y tal vez por eso mis contingencias hayan sido tan tempestuosas, tan cinéticas. El misterio cabe en una serie alemana de televisión o en un libro endemoniado de algún autor endemoniado. No voy a corregir las siluetas de mi nacimiento, tampoco las de vivir, crear, crecer, desde un pueblito que he amado con intensidad prostibularia. Como sabes, soy un lector enfebrecido, alucinante, diría. A partir de esas lecturas he fabulado sobre países y lugares que jamás vi, incluso en Cuba. Quizás hasta los inventé, existiendo ya. Es una burda, traumática y hermosa teoría de la que me valgo cuando quiero parecer más atolondrado de lo que realmente soy.
En las páginas de Yo soy Leopoldo Ávila, el protagonista afirma que la muerte te obliga a hablar con los muertos que conociste en vida. ¿Consideras que tu literatura es una forma de «Echokammer» o cámara de resonancias donde intentas preservar las voces de aquellos que, como Heberto Padilla o Virgilio Piñera, fueron empujados a la periferia?
Escritores muertos, fantasmas vivos. Coleccionar personajes que le sirven a una realidad impuesta desde la más grotesca fabulación. Me gusta, sobre todo, filosofar con el destino de muchos de ellos. En la periferia, como dices, los encontré, porque fueron repugnados como yo lo he sido también, porque siento devoción por una forma de irreverencia que se origina en el estrato más subterráneo, en el más purulento. Claro, mi novela comienza diciendo que si escribes las cosas como sucedieron, terminarás mintiendo. Yo creo que a la verdad hay que decirle muchas mentiras para que se calme. Ese dilema entre ficción y realidad, para mí, para mi literatura, se ha resuelto totalmente. La realidad y la ficción unidas jamás serán vencidas.
Los que te conocemos y hemos leído tus libros sabemos que algunos momentos de tu biografía, como la guerra de Angola, te han dejado una profunda huella. ¿Sigue siendo esa vivencia una cicatriz que dicta el ritmo de tu escritura, o ha quedado transmutada por el ejercicio de la ficción?
Los traumas personales son insobornables, los míos al menos. Es un raro tesoro. Fui a la guerra y una guerra te regala otros traumas. No te quita los que ya tenías. En Angola comencé a escribir poemas ásperos y simplones. Esos poemas siguen detrás de mí, al igual que las pesadillas. No creo que sean fascinantes tales traumas. Mucha gente que simpatiza con uno cree que sí. No pretendo interrumpirles esos delirios. Uno no es mejor o peor escritor porque atraviesa situaciones tensas, horripilantes. Puede que no sea tan cierto lo que digo. Escribí un montón de poesía sobre ese tema y un cuento, “Los agujeros negros”. Tres, cuatro años atrás terminé una novela sobre mis días de campaña (llamémosle así) que aún está inédita. La guerra lo que hizo en mí fue descontrolar el júbilo por las cosas que suponía sagradas. Yo era un mercenario y no lo sabía. Yo era un poeta y no lo sabía.
En el libro mencionas que «los fantasmas desaparecen más rápido que los muertos». Tras recibir el Premio Kafka, ¿sientes que este reconocimiento otorga una «visibilidad definitiva» a tu obra frente al anonimato que a veces impone la provincia o la censura y la escasa circulación de los libros de autores cubanos?
No lo creo, y quisiera decirte que no importa, pero no es así. He sido paciente, mesurado, orgulloso incluso, y nada de eso sirve (para) mucho. Conozco a varios escritores en este país que no le envidian ni un ápice a figuras sembradas en jerarquías difusas de nuestro idioma. Las culpas fueron mal repartidas, los talentos también. Me inspira descomponer cualquier ciclo que me amenace, incluso el de la supuesta trascendencia. Yo escribo, mientras tanto, para despreciar mi propia y minúscula inmortalidad.
Existe el mito de una novela tuya recomendada hace años para el Premio Herralde de la que no se supo más. ¿Es Yo soy Leopoldo Ávila parte de ese sedimento guardado por años, o es un nuevo «alumbramiento indeseado» que surge de tu necesidad de escapar de la maldita circunstancia del silencio?
El mundo editorial funciona a una velocidad muy diferente a las de muchísimos escritores en Cuba. Si no tienes una especie de mánager o representante, un Curtis Brown, un Andrew Wyllie, o si lo deseas a la misma Antonia Kerrigan, que te defienda, o, en un grado delirante, agarrar a los Jorge Méndez, Jonathan Barnett a pie de campo, a que se la jueguen por ti, tienes media batalla perdida. La batalla en esa liga de editoriales virtuosas. Nadie se contenta con pelear en una cuarta o quinta división. La tumba del erizo fue finalista del premio Herralde, y yo no tenía, ni tengo, representante, agente, mánager, o cosa parecida. Perdí el tren, el ascenso a la Liga de las Estrellas. Guardé la novela y nueve años después la envié al Italo Calvino y lo ganó. Pero no es lo mismo. Yo soy Leopoldo Ávila fluye en dirección parecida, aunque pertenezca a un deseo casi sistémico en mi escritura: la disección de las anarquías del poder sobre las masas y el absurdo atuendo con el que la cultura va paseando sus remilgos y tormentos por esos parajes. Lo hice en Diario de Caín (2016), H (2020). ¿Novelas políticas? A lo mejor como iluminación clandestina, como regodeo simbólico. A mí no me atrae la política. La política es el espectáculo que siempre coloca a los necios en primera fila. A mí me gusta estar en la última.




