Releer a Quevedo
La fuerte ráfaga lo zarandeó hacia el mar. Aunque reaccionó de inmediato con un movimiento de hombros, sacudiéndose las manos, apoyando con fuerza los calcañales para asegurarse de que no le sobreviniera ningún mareo; evitar recostarse a la cadena que de farol en farol adornaba la advertencia contra posibles caídas al agua, a mínimas distancias de los dientes de perro.
Cada amanecer caminaba tan rápido como la fibrilación auricular y el obstinado almanaque le permitían, con el mar de la bahía de Aventura a su derecha —al sur—. Hoy apenas de crestas rizadas. Y de pronto otra ráfaga húmeda desde el sureste tuvo una fuerza inusual, rompió la cadencia de la caminata madrugadora como si fuese la alarma desde un despertador de cuerda, la sirena de la ambulancia, el claxon de uno de los trenes que van bordeando Biscayne Boulevard.
Pero la extraña ráfaga de aire abrió rarezas mucho más fuertes. Los asombros enseguida brincaron… Uno tras otro. Sin casi pausas para asimilarlos. De pronto desaparecieron la envidia que cada mañana le suscitaban los paseantes que trotaban sin un esfuerzo demoledor, la falta de aire que le sobrevenía si por casualidad le llegaba la ocurrencia de caminar un poco más rápido. Se dio cuenta no de estar trotando sino corriendo casi como Alan Sillitoe —el apodo adoptado por el amigo de su condominio de Point East—, que le había enseñado en el teléfono un brumoso video en blanco y negro de cuando obtuvo medalla de plata como corredor de fondo, en la Nottingham de su juventud.
El pertinaz calambre en el lado izquierdo —herencia del stroke— había desaparecido. La pesadumbre en el antebrazo derecho tras la infiltración por la bursitis, había desaparecido. Y así cada dolencia, las ligeras y las pesadas, las casuales y las permanentes… Se sintió como una vez en Varadero, cuando trotó por la arena desde el bar-ranchón de guano del Hotel Kawama hasta el Hotel Internacional. Tan joven que sospechó que esa dicha era anormal.
Temió que apenas le quedaran dos o tres, tal vez cuatro minutos antes de que el baño de sudor lo arrastrara. Temió bien. Serían si acaso veinte segundos antes de que bajara el telón azul Prusia, antes de que los recuerdos fueran machacados, triturados. Desechó por demasiado afectivos los recuerdos del corazón. Eligió, sin pensarlo, fragmentos al azar de su trabajo: Las conversaciones con Günter Grass antes de conocerlo en Lübeck, imaginadas por la ventanilla del avión que lo llevó por primera vez a Frankfort, a su primer viaje a Europa; los sueños imborrables con Elías Canetti cuando se quedó dormido en aquel tren a Viena desde Zúrich, tras estar en su piso cercano a la universidad; El último puritano de George Santayana releída en La Habana, Puebla, Phoenix, Boston, Miami; los versos al Tokonoma que su compadre le leyó una noche en la sala de su casa, mientras tomaban aquel té ruso de los Urales, que había bautizado Bigote de Dragón para que su sabor se transformara en metáfora, conjurara los ostracismos cotidianos, los sinsabores.
Con el último recuerdo tuvo mayor conciencia de que la arena se le escurría entre los dedos, coincidía con el húmedo, casi pastoso amanecer de nubes grises hacia el Este. En sentido contrario a la ciudad de Hialeah, donde la cubanidad se debatía entre guayaberas, shorts, yuca con mojo, hotdogs y maracas; mientras el McDonald’s de la 36 aumentaba las ventas de hamburguesas; y al doblar La Venduta Matancera cerraba la puerta de cristal velado porque apenas entraba uno que otro joven, tal vez con poco tiempo por acá.
¿Será verdad que el nivel del agua de los mares subirá hasta cubrir muelles al borde del oleaje? —se preguntó para desviar su preocupación por huir de otro desgarrón allá dentro, donde se decide si quedas rumiando o saltas para atrás, como los trapecistas del Cirque du Soleil que vio el año pasado en Fort Lauderdale.
Poco dudó entre algunos momentos de su vida o decirse dentro de un murmullo el soneto de Quevedo que desde hacía más de medio siglo había logrado memorizar, tal vez preparando una clase. Tal vez porque tampoco olvidaría que salieron de Ciudad de México hacia Nuevo Laredo un 8 de septiembre, a cruzar el 9 —Día de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba— la frontera hacia Laredo… El mismo día en que muere el poeta en Villanueva de los Infantes, cerca de Madrid, del mercado que honró con sus versos de cordel.
Sonrió. No conocía un mejor epitafio para sus andares. Volvió a sonreír otros segundos antes de recitarse:
Fue sueño ayer, mañana será tierra.
¡Poco antes nada, y poco después humo!
¡Y destino ambiciones, y presumo
apenas punto al cerco que me cierra!
Breve combate de importuna guerra,
en mi defensa, soy peligro sumo,
y mientras con mis armas me consumo,
menos me hospeda el cuerpo que me entierra.
Ya no es ayer, mañana no ha llegado;
hoy pasa y es y fue, con movimiento
que a la muerte me lleva despeñado.
Azadas son la hora y el momento
que a jornal de mi pena y mi cuidado
cavan en mi vivir mi monumento.
Pero tras el soneto tuvo la sorpresa de que el telón azul Prusia corría hacia los laterales de sus ojos, se abría al mar violeta del amanecer mientras la respiración se sosegaba, más o menos acoplada a su vejez. Comenzó de nuevo a caminar con calma, al paso cotidiano.
Chasqueó la lengua y sonrió mientras suponía que el poeta madrileño se había estado burlando de sus aprensiones, posponiendo el despeñadero, guardando las azadas hasta más ver.





Me gusta este texto.
“No conocía un mejor epitafio para sus andares”. La poesía siempre, incluso cerca del fin. ¡Gracias, Sariol!