Lisboa me recibió con esa elegancia rota que uno espera de las ciudades que han leído más de lo que han vivido. Subí y bajé sus calles empedradas. Me detuve frente a la fachada de la Livraria Bertrand, en el número 73 de la Rua Garrett, en pleno Chiado —ese barrio donde las zapaterías, los cafés y los vendedores de desilusión coexisten con una resignación que raya en la cortesía.
Fundada en 1732 por dos hermanos franceses, esta librería ha sobrevivido terremotos, incendios, censores, dictaduras y turistas alemanes en busca de postales literarias. Destruida parcialmente por el sismo de 1755, fue reformada y reinstalada en esta misma calle en 1773, donde desde entonces no ha dejado de vender libros ni de observar los vaivenes de Portugal.
Según dice una tarja en la entrada, la Bertrand es la librería más antigua del mundo aún en funcionamiento. También los vecinos del barrio lo juran con el tono de quienes creen en milagros burocráticos. Afirmación encantadora, aunque sospechosamente idéntica a la que escuché en Buenos Aires (un tal “Archivo Subterráneo Clemente Airó” que no figuraba en ningún plano), en Praga (donde una librería solo abría los años bisiestos) y en una fonda sin nombre en Nápoles, donde vendían libros junto a frituras di paranza… Todas reclaman antigüedad como si la vejez garantizara virtud.
Dentro, el aire olía a papel resignado, a tinta ya sin nervio, a república ilustrada. Las estanterías crujían, parecían ancianas con opiniones sobre la poesía concreta. Había turistas sacándose selfies entre Pessoa y Saramago; para ellos las palabras resultan estatuas que conceden sabiduría por proximidad. Me detuve en la sección de historia portuguesa, donde una edición de 1893 de Crónicas do Reino de Afonso Henriques, Comentadas por el P. Teodoro de Sant’Anna, me observaba con mezcla de compasión y amenaza.
Le pregunté al librero por el Diário Espiritual do Irmão Amador de Sines (1611–1619). “Lo siento, vendí una copia la semana pasada”, dijo y sin hacer escala me ofreció una biografía del monje lisboeta Ernesto Filomeno, quien fundó la Orden de los Bibliotecarios Refractarios… Es el volumen que justo manoseo ahora en mi biblioteca, mientras escribo estas líneas.
En el rincón más apartado de la tienda, entre manuales de alquimia práctica y novelas románticas de la Restauración, encontré una copia subrayada de O Livro do Desassossego. Las anotaciones estaban en tres idiomas y una lengua que parecía cifrada. “Este fragmento huele a fracaso voluntario (Aníbal Chao, Montevideo, 1956)”, se lee en tinta rojiza, en portadilla.
En la caja, vi Poemas de Alberto Caeiro (Edições Ática, Lisboa, 1946) que me exigió su compra. El librero lo agarró y dijo: “Un clásico para los días que no se tienen preguntas”… Antes de salir, firmé con inicial invertida y huella de café un libro huérfano de autor: Teoria do Desencontro Voluntário (Livraria Alquimia, Porto, 1971).
Me senté en un banco frente a la tienda, justo entre la perfumería 19 de Abril y un quiosco que vendía souvenirs sin alma en vez de periódicos. Apunte en el Diario: “Livraria Bertrand, donde los libros son visitas que llegan para quedarse, como esos tíos viejos con historias repetidas y gestos nobles”.
Lisboa siguió su curso, girando en el tempo de los tranvías. Yo seguí una estación más contando los adoquines de sus ruas, a la búsqueda de otros márgenes que esperan por nuevas escrituras.





Estimado Rafaelo: Me cuenta Bernardo Soares que debemos hallar la edición príncipe de O Livro do Desassossego…
Espero siga en esa deliciosa búsqueda, mucho bacalao en Lisboa, las mejores recetas del mundo, superan a las vascas…