I
Según una antigua tradición que viene del romanticismo ser hombre es estar enfermo. Y, paradójicamente, en esta peculiar alianza del hombre con el “genio de la enfermedad” es donde yace la criatura humana en su plena e intocada dignidad. Desde el psicoanálisis —metástasis del romanticismo—, así también lo ha escrito el filósofo y crítico norteamericano Norman O. Brown en su libro Eros y Thanatos, el sentido psicoanalítico de la historia: en el mundo biológico existe una enfermedad llamada hombre.
Si lo anterior nos parece exagerado o francamente patológico, no está de más recordar que el filósofo y médico francés Georges Canguilhem —a quien nadie acusaría de irracionalismo— recalca, en su obra fundamental Lo normal y lo patológico, que las enfermedades son, simplemente, efectos de meros cambios de intensidad: una exageración o desproporción de los fenómenos normales del organismo biológico; una diferencia, no cualitativa, de grado e intensidad.
En otras palabras: una alteración cuantitativa —¿hybris?— que no implica una nueva condición para el individuo; un “sentimiento de vida contrariada”, reflejo de un conflicto de crecimiento en pos de una forma más lograda y perfecta, concluye Canguilhem en sus Escritos sobre medicina. Pero Canguilhem va más lejos de lo que a veces se recuerda: lo patológico no es ausencia de norma; es sencillamente otra norma: una normatividad diferente con menor margen de tolerancia al error. El organismo enfermo no está roto, se ha adaptado a la enfermedad y ha establecido otras reglas de vida.
Esta distinción es crucial: entre el individuo sano y el enfermo no hay un abismo ontológico, solo una diferencia de grado, una tensión de intensidades entre mesetas, si se me permite recordar aquellas mil evocadas por Gilles Deleuze y Félix Guattari. La salud es una capacidad y no un estado que perdamos en algún momento y por alguna razón; la salud es la capacidad de crear nuevas normas, de adaptarse, de fallar y recomponerse.
Dentro del campo de la filosofía, estas ideas también han sido leitmotiv de otro pensador francés, Gilbert Simondon. Para Simondon, el individuo nunca es una entidad dada y fija sino un proceso: un proceso de individuación que emerge de tensiones y de una carga preindividual que nunca se resuelve completamente. En su obra La individuación a la luz de las nociones de forma e información, Simondon describe el ser viviente como un sistema meta-estable: un equilibrio provisional, siempre en riesgo, siempre negociando entre fuerzas internas y externas. La enfermedad no sería una interrupción del individuo sino una crisis de individuación: el momento en que el sistema pierde su equilibrio y busca, a tientas, un nuevo orden.
Más cerca aún de las ciencias duras está lo que el bioquímico ruso y Premio Nobel, Ilya Prigogine, llamó sistemas dinámicos y estructuras disipativas. Según el ruso, los seres vivos son estructuras disipativas que se mantienen lejos del equilibrio —que sería la muerte— consumiendo energía y materia intercambiadas con su entorno. Esto, con el objetivo de mantener su auto-organización, es decir, de mantener la Vida. Los organismos vivos no son máquinas en reposo que, repito, sería la muerte. Son procesos que se mantienen porque no descansan. Cuando un sistema así se desestabiliza, no ocurre su colapso necesariamente. Puede atravesar un punto de bifurcación, y saltar hacia un orden más complejo, aún del lado de la Vida.
Cruzar a estos dos gigantes del pensamiento es comprender una simple verdad: la bifurcación es una crisis —sí— una crisis que también puede traer como consecuencia una individuación más rica y compleja.
Como apuntan los estudios de la biología del cáncer, es decir, esa enfermedad que no es tal enfermedad, sino un desorden radical del sistema inmunológico, esta crisis llega a su extremo más perturbador y, a veces —demasiadas veces— a un extremo sin resolución. Son las propias células del individuo —con su misma firma genética— las que se sustraen a la lógica del conjunto y proliferan sin forma ni telos. La bifurcación —si retomamos a Prigogyne— no produce un orden superior: produce ensimismamiento narcisista, crecimiento puro sin diferenciación y sin propósito funcional, proliferación sin intercambio con un afuera: un giro desquiciado de espejos, a lo interior del organismo, que no hace más que reproducir lo que se llama el clon cancerígeno. La biología del cáncer es también la metafísica del cáncer.
Tal vez eso sea lo más grave: como en otras enfermedades, en el cáncer no hay un invasor externo contra el que luchar. El “enemigo” es indistinguible del propio “yo” como consciencia dentro del organismo corporal, y la individuación de toda célula se vuelve contra sí misma. Si le creemos a la neuróloga y farmacóloga norteamericana Candace Pert, quien dice algo como que el sistema inmune es una miríada de fragmentos mentales navegando por todo el organismo, pues ya podemos tener una idea de la gravedad del cáncer y de lo difícil de su “cura”. Es ese mismo espejo roto, en miles de millones de fragmentos, los que se vuelven contra el propio organismo. Son esos mismos fragmentos de “mente” desquiciada las que atacan al cuerpo. Rebelión de la parte contra el todo, dice Hans Jonas en El fenómeno de la vida.Dynamis sin energeia, diría Aristóteles. Potencia enorme, pero sin fin, oposición de la materia a la forma. En un entorno teológico la célula cancerígena diría: Non serviam.
Como especie cada vez más desgajada del mundo natural, tenemos enfermedades incurables que, paradójicamente, son las que nos hacen humanos, “demasiado humanos”, para decirlo con ese gran enfermo que fue el solitario de Sils Maria. Para mí estas enfermedades incurables son aquellas donde se mezclan el cuerpo y el alma, las enfermedades psicosomáticas —si existiera algo que pudiéramos llamar alma—.
Desde que apenas era un niño, contraje varias de estas enfermedades. O, tal vez ellas me contrajeron a mí. No es descabellado lo que Proust apuntó: el hombre se refugia en la enfermedad para obtener el placer que la vida le niega. Aunque también cabe la posibilidad de que lo que llamo mis enfermedades, no fueran más que malas costumbres que, por vanidad, magnifico mientras escribo estas notas: ansiedad, tartamudez, zurdera. Por supuesto, hay otras que por pudor no menciono…
Pero, de todos estos padecimientos, quizás el peor sea este: vivo mirándome. Si miro delante me veo: estoy. Si miro detrás no hay tanta claridad pero me sigo viendo. Delante, pero sin futuro; detrás, pero sin pasado; en cada flanco, en cada punto cardinal siempre estoy: una nube de polvo y escombros: un Narciso negativo, un contrasentido. Un Narciso que se desea atemporal, pero destruido sin misericordia por el tiempo.
Lo que apuntaré es una perogrullada que constantemente olvidamos: la mirada solo puede ver lo que ya está en sí, metáfora no correcta, aunque exacta. Bien visto, ni siquiera podemos estar seguros de que haya algo aparte de lo que vemos, pues todo parece indicar que el córtex visual —así lo vio Ronald D. Laing en Las cosas de la vida— es en sí mismo otro objeto visual dentro de nuestro limitado campo visual. De ser esto así, el mundo visual, lo que vemos, está dentro de la mente.
Esta intuición encuentra un eco preciso en el pensamiento del neurobiólogo chileno Francisco Varela, uno de los fundadores, junto con Humberto Maturana, de la teoría de la enactividad y la autopoiesis. Varela, quien murió de un cáncer hepático en 2001, dejó antes de morir una reflexión interesante: en la enfermedad grave, y específicamente en el cáncer, se produce una alteración radical de la percepción. El umbral de lo perceptible se desplaza. Lo que normalmente filtramos —los ritmos del cuerpo, latencias y texturas internas— emerge con una claridad brutal. La enfermedad, paradójicamente, abre la percepción en direcciones que la salud cierra. No es romanticismo ni espiritualismo fácil: es la observación fenomenológica de un científico. El cuerpo enfermo siente más, aunque lo que siente sea a veces insoportable.
En la tradición budista que Varela practicaba y estudiaba —visible en su obra De cuerpo presente, escrita junto a Evan Thompson y Eleanor Rosch—, la enfermedad puede convertirse en un camino de conocimiento: no a pesar del sufrimiento, tomando a este sufrimiento como una vía media. Varela encontró en su propio cáncer una forma de belleza, ya no estética sino epistémica: la belleza de ver con más claridad, de habitar el cuerpo sin los anestesiantes habituales que usamos en la vida cotidiana y que apuntan a la conformación artificial de un yo homogéneo.
En forma oblicua, la explicación de esto nos la da Varela en su ensayo “El cuerpo evocador: una relectura de la inmunidad”, perteneciente a su libro El fenómeno de la vida —igual título que el de Hans Jonas—. Si la inmunidad en el organismo biológico es la condición de su identidad y de lo que este organismo puede ver y pensar, entonces la pérdida de esta unidad normativa que participa en la producción continua de ese yo biológico, hará que el organismo tenga acceso a contenidos “extraños” del conocimiento.
Otra regla general parece ser el hecho de que no amamos lo visto, ni la forma en que nos vemos, cuando con insistencia nos miramos. Mucho menos sentimos amor por nuestra sombra que aparece mezclada con algunas pocas luces; sombra que solo podemos ver con alguna claridad si, conscientemente, la proyectamos hacia el exterior.
Con razón se ha dicho que nuestra sombra oscurece el mundo; y que, a pesar de este fiat lux perenne de la ciudad contemporánea donde no hay descanso y las pantallas no se apagan, el mundo está cada vez más sumergido en su sombra: una sombra que es la nuestra propia dentro de un mundo evanescente, un mundo que se actualiza en cada clic digital.
Sin embargo, necesitamos también un mundo en penumbras: una lógica del sentimiento más que de la clarté, que se asociaría a la luz inclemente y vertical, a las tajantes distinciones que realiza la razón. Y, en consecuencia, el sentimiento se asociaría a la penumbra y a lo indefinido, a una luz tamizada y suave donde se pierde la dureza, el filo de los bordes precisos; una luz-madre que no hiere o daña; una luz que acoge y acuna.
En su libro El Hombre y lo divino, María Zambrano escribió que la tragedia —como género literario de los griegos— era el oficio de la piedad. En otro lugar de ese libro, Zambrano apuntó que la piedad es saber tratar adecuadamente con lo otro; es decir: con una realidad diferente a nuestro plano humano e histórico del ser. Una lectura piadosa de la tragedia llega a esta conclusión: el hombre —como bien sabía Baudelaire— es un Jano bifronte: víctima y verdugo a un tiempo; la enfermedad, la hybris, el exceso, es símbolo de la humanidad y, tal vez, su clave metafísica. De aquí su condición dual: enfermo, pero a la vez capaz de expresar su solidaridad y compasión con el otro que sufre.
Aquí es donde el pensamiento de Georges Bataille ilumina algo que la piedad sola no alcanza a nombrar. Para Bataille, lo sagrado no es lo puro ni lo elevado sino precisamente lo que transgrede el orden profano, lo que excede, lo que horroriza y fascina simultáneamente. En su Teoría de la religión, en El erotismo y en La parte maldita, Bataille describe lo sagrado como una energía que rompe los límites del individuo, que lo arroja fuera de sí, que lo pone en contacto con algo que excede la lógica de la utilidad y la conservación. La enfermedad grave —y el cáncer en particular— produce exactamente esa experiencia: arroja al enfermo y a quienes lo rodean fuera del tiempo ordinario, fuera de la economía cotidiana del sentido. Es una transgresión involuntaria, no elegida, pero no por ello menos real.
El cáncer, además, tiene una dimensión específicamente batailleana: es gasto puro. Bataille pensaba la vida en términos de exceso y derroche: la economía general no es la acumulación sino el gasto sin retorno. El sol gasta energía sin compensación; el sacrificio gasta vida sin utilidad. El cáncer es una forma perversa y brutal de ese principio: el organismo se gasta a sí mismo, consumiéndose en un crecimiento que no produce nada, que no se orienta hacia ningún intercambio con el exterior. Pero a diferencia del sacrificio o el erotismo en Bataille —gastos que abren al otro, que rompen los límites del yo hacia afuera— el cáncer es un gasto hacia adentro, autofágico, clausurado. Es el exceso sin éxtasis. La transgresión sin salida.
Volviendo a la piedad, y aunque tratamos con fenómenos individuales y biológicos, creo, no es absurdo querer darles una lectura social. Esta sería, entonces, saber tratar adecuadamente con el otro ser humano, el que es diferente por condición social y económica, formas de comportamiento, nacionalidad, raza, cultura… y también, por supuesto, saber tratar con el enfermo y la enfermedad.
Es evidente que como especie que comparte un destino similar algo hemos avanzado en cuanto a ese trato adecuado con el otro, que, en algún sentido, exteriorizamos convertido en amor y compasión; pero fallamos si como individuos nos falta esa misma relación delicada y cordial con nosotros mismos.
Las más de las veces, tal parece que vivir no es más que el simple hecho de construirnos una fortaleza para protegernos y dentro de ella sobrevivir. Y es así que, sin apenas darnos cuenta, los sentimientos se nos convierten en minas antipersonales que ensayamos en un campo donde siempre juega el niño que fuimos, y abandonamos en el propio proceso de ir viviendo. Para poder seguir ahí, necesitamos salir de allí: acogernos, tratarnos como un otro; practicar la hospitalidad con nosotros mismos: solo en ese otro estarán a plenitud los demás otros.
II
Son las cuatro de la madrugada en estas soledades de Dios, con -2 grados Celsius de temperatura en la inmensa pampa que me circunda, a ambos lados de esta comunidad tan tranquila en la que vivo. En este silencio congelado es la hora en que, en su desvelo, la mirada es su propio anverso y reverso. Como la tonelada de niebla que hay afuera, el insomnio se mete en cada fibra del cuerpo y de la memoria. Es de madrugada y me veo en Cuba —suerte de Hans Castorp tropical—, caminando por los largos pasillos de la Sala de Onco-hematología, en el piso seis del Hospital pediátrico Juan Manuel Márquez en La Habana.
Camino, como día tras día, sin apenas mirar a través de los cristales herméticos hacia el interior de las habitaciones casi siempre en sombras; en estas habitaciones están los niños con diversas enfermedades onco-hematológicas. Hay habitaciones absolutamente en silencio cuyos cristales están tapados con paños verdes…
En estas habitaciones cuyo silencio sobrecoge, las puertas apenas abren una hendija, y dejan ver rostros tensos, pálidos y demacrados; y un “algo” en ellos que no puede describirse, y que yo tampoco quiero describir en estas notas. Aquí las lámparas fluorescentes nunca se apagan. La luz, de una blancura terrible, llega a herir los ojos del que camina por los pasillos sombreados. Se teme la oscuridad y lo que acecha en ella. Es lo siniestro real y no literario; una conmoción que te arroja en lo que Susan Sontag llamó “el lado nocturno de la vida”.
Sé que en algún sentido metaforizo la enfermedad. Y sé, además, que, en su ensayo La enfermedad y sus metáforas, Sontag advirtió con lucidez contra la tentación de hacer del cáncer una metáfora: una metáfora de emociones reprimidas, de vidas que no se viven, de algo que “te consume por dentro”. Esa metáfora, señalaba Sontag, culpabiliza al enfermo, lo convierte en responsable de su propia destrucción. Y sin embargo, la brillante ensayista norteamericana también sabía —y lo sufrió en carne propia, pues murió de un síndrome mielodisplásico— que la enfermedad grave produce un desplazamiento radical de la existencia. Su imagen romántica y oscura, del “lado nocturno de la vida”, no es una metáfora poética: es una descripción fenomenológica. El enfermo grave habita un presente opaco en otro reino temporal. El futuro se acorta pero el instante, a veces doloroso, se vuelve insoportablemente real. Ese ser-hacia-la-muerte del existencialismo, como posibilidad abstracta que le da autenticidad a la existencia, en una sala de onco-hematología deja de ser abstracto: se convierte en plazo concreto de vida y esperanza, en cuerpo concreto y delgado, en rostro concreto y demacrado detrás de un cristal.
Cuando pasamos frente a estas puertas “marcadas”, una especie de horror casi sagrado nos atrapa. Aquí, como en tantos cuentos folklóricos infantiles que velan el horror y el misterio como fundamento del universo y de la existencia más descarnada, ni se mira, ni se pregunta…, todos sabemos qué significa.
Ese “horror casi sagrado” no es una expresión retórica. Es la descripción exacta de lo que Bataille entendía por experiencia de lo sagrado: la irrupción de algo que excede el orden de lo útil y lo cotidiano. Lo sagrado en Bataille, al igual que en el teólogo alemán Rudolf Otto, no es tranquilizador ni elevado: es aterrador. Es la energía que rompe la continuidad, el hilo temporal del individuo y su conciencia, y lo arroja hacia algo que no puede controlar ni comprender. En ese sentido, esas habitaciones con los cristales tapados de verde son espacios sagrados en la forma más contundente y más real del término: espacios donde el orden profano de la vida —automatismos cotidianos, lógicas de sobrevivencia y conservación— queda suspendido. Puede que entres ahí con los esquemas habituales intactos. Pero el que entra, y sale, como de un rito iniciático, carga algo que no tenía antes. Carga con lo que, para los humanos, es quizás lo más sagrado: la consciencia de la muerte.
Camino por los interminables pasillos y miro con el “rabillo del ojo”. Camino y, aunque solo quiera concentrarme en mi problema, no puedo dejar de mirar ni de escuchar. Lo que veo, además de las inmensas camas Fowler con los cuerpos disminuidos, las tomas de oxígeno, los soportes metálicos con bolsas de quimioterapia de diferentes colores, el suministro de oscura sangre y plaquetas para los enfermos, es un total derrumbe físico, anímico y espiritual. Aunque, paradójicamente, también veo risas y oigo música; y hasta madres y niños bailando…
Tal vez tuve que recorrer estos largos pasillos en el piso seis del hospital, durante tanto tiempo, para entender que esta antigua dicotomía entre luz y sombra, salud y enfermedad, razón y delirio, pudiera no ser más una falsa simplificación. Una de las tantas reducciones sobre las que la modernidad ha construido la gigantesca cárcel en la que vivimos con “felicidad”.
Con Simondon comprendemos por qué esa dicotomía es falsa desde su raíz. El ser vivo no es nunca una unidad dual y cerrada sobre sí misma: es un sistema en tensión permanente, atravesado por lo que Simondon llama la “carga preindividual”, una reserva de potencialidades que nunca se resuelve completamente en ninguna forma individual, mucho menos en algún tipo de dualidad.
La enfermedad no agota esa carga: la redistribuye, la reorienta; y, paradójicamente, a veces la intensifica. Por eso, uno de los fenómenos más raros que pude observar fue ese desborde de vitalidad que, en algunos casos, se observa en pacientes terminales; porque, lo que parece evidente es que la enfermedad y su último escenario, la muerte, no implican una disminución constante y continuada de la potencia; a veces, hay una especie de condensación antes del colapso, una reorganización efímera de las fuerzas vitales.
Así, vi a un joven de 14 años, consumido por la leucemia, echado en una cama y sufriente como un Cristo de Matthias Grunewald, y, un rato después, lo vi riendo y bailando semidesnudo en un pasillo de la sala. Murió al día siguiente… Hay enfermos, se le ocurre a uno pensar, que en el umbral de la muerte se vuelven más plenamente ellos mismos de lo que nunca fueron en la salud. No porque la enfermedad sea buena —no lo es—, sino porque la crisis de individuación que provoca puede liberar dimensiones del ser que la vida ordinaria mantiene reprimidas. Otro ejemplo de esto —orientado ahora hacia la Vida— son esas madres y niños bailando, que tantas veces vi en esa sala. No es una contradicción como pudiera parecerle a un observador externo: son la evidencia de que la individuación humana tiene recursos que la medicina —y la lógica del miedo— no pueden prever.
No soy ingenuo en esta necesidad de mirar, en esta curiosidad malsana de observar la destrucción y la muerte: “pulsión escópica” la llamó el psicoanálisis. Parece contradictorio, pero el psicoanálisis relacionó esta necesidad con el afán de saber, conocer y descubrir el mundo, apropiárnoslo. Aquí cabe perfectamente la metáfora del Edipo y sus múltiples concomitancias. Su afán de un conocimiento —“íntimo y total”— lo lleva a la ceguera de por vida; y con esta ceguera se limita nuestra capacidad de observar lo siniestro: no se nos permite contemplarlo todo.
Es difícil mirar y ver estas imágenes contrapuestas que no abandonan la memoria —madres y niños enfermos bailando—; y más difícil aún, emplear ciertos adjetivos que las cualifiquen, que les den su justa y necesaria gravitación. Creo que la vida humana es una vibración frágil y pequeña, aferrada desesperadamente a una Vida mayor; una vibración de la materia cálida, que, como bien sabían los gnósticos, en cualquier momento puede desprenderse de ese espacio vital “pre-individual” y caer en un universo frío y vacío. Es lo que pienso después de tantos años lidiando con “la pelona”. A quien lea estas notas dejo otra posible interpretación.
Poco a poco fui comprendiendo que mi deber, casi una obligación, era mirar; y no solo mirar, sino saludar y hasta sonreír. Mirar, y no solo mirarme. También he aprendido que tenemos el derecho de ser mirados y, sobre todo, que necesitamos ser vistos.
Recuerdo ahora la novela semi-autobiográfica de Hervé Guibert sobre sus propias experiencias como paciente de SIDA. Para el francés, lo más importante no era narrar el proceso de su enfermedad, sino la “encrucijada de destinos” que se ven radicalmente movidos por la presencia de la enfermedad. El cáncer es también una encrucijada que golpea y zarandea la vida de todos. Se dice que, de una forma u otra, en el entorno del paciente todos enferman. Lo que, en mi caso particular, viene a reforzar lo que anoté en los primeros párrafos de estas notas.
Pongo un ejemplo: tuve un sueño cuando mi hija enfermó hace nueve años. En esa, más bien pesadilla, mi hija y yo nos escondíamos en un edificio abandonado. En ese edificio y en un ambiente de total destrucción y ruinas, unas criaturas metálicas y con largos tentáculos de brillo mate —como los invasores extraterrestres de La Guerra de los mundos, de H.G. Wells— nos buscaban en un ambiente que también recordaba algunos “raros” encuadres de cámara del cine de David Lynch. Finalmente logramos escapar. Lo interesante es que esa fue una novela que leí cuando niño. Y como es palpable, aquí está todo, o casi todo lo que nos hace humanos: enfermedad (la leucemia de mi hija de 10 años), la violencia propia de la enfermedad sobre los cuerpos y la violencia de esas criaturas extraterrestres, la represión y sublimación transformadas en pesadilla: es decir: cultura en general, si seguimos pensando con Norman O. Brown. Hay una sentencia que decimos los cubanos cuando queremos reforzar lo necesario e ineludible de ciertas situaciones: no hay casualidad.
Cuando llegas a esta encrucijada del destino, te das cuenta de que tu vida es como un escombro flotante y a la deriva; pero cuando el dolor comienza a arrastrarte hacia abajo, en un segundo comienzas a liberarte de esa sensación de deriva; de esa sensación de mezquindad y miseria que forma el tejido de lo cotidiano. Y en algún extraño sentido esto se agradece; aunque sé que esto puede sonar “monstruoso”, tan monstruoso como una célula cancerígena.
III
Son las cuatro de la madrugada y estoy al sur del continente americano, a siete mil kilómetros de Cuba, de La Habana, de mi hogar. Lejos de mis muertos, de mis libros, y de los recuerdos que me atan a una cultura específica: lejos de mi cotidianidad, de mi café en la mañana, de la mesa y la computadora, frente a mi pequeño jardín y donde para mí, día tras día, amanecía puntualmente la ciudad. Es de madrugada y se me ocurre pensar en el destino y sus absurdos. Siempre he padecido de un ligero insomnio, pero jamás pensé lidiar con esta imposibilidad en medio de la nada; lo que, de hecho, refuerza lo ya absurdo de esta situación vital.
Acabo de perder un texto recién escrito sobre el poeta japonés Basho, su experiencia Zen y el haiku dentro de la tradición ginko, “caminar y componer”. Ahí Basho, monje errante, en una tarde insignificante —insignificante como otra cualquiera— caminaba por un bosque… y era un frío otoño.
Supongo, caminaba con el corazón como un viejo cuenco de té roto y reparado una y otra vez con polvo de oro: un corazón agrietado y enfermo, aunque no amargo. Caminaba sin pensar, como tantas veces, con esa melancolía persistente y tenaz que lo caracterizaba. Así, en los confines de un bosquecillo —confines también del universo y su terrible oquedad— miró y vio la dignidad de un poeta convertido en nada, en nadie. Y con ese abatimiento claro y sereno de quien ha sufrido, fundamento de un ánimo que ya no habita en ningún lugar y ha echado su raíz en el viento y en la nube fugitiva, en un instante llegó a esta Iluminación expresada en un haiku:
Nadie va
Por este camino
En la tarde de otoño
El día de hoy.
Como por un encadenamiento férreo, ese texto perdido fue quien me condujo a estas notas de madrugada. Y como no logro conformarme con que la vida sea un ordenamiento azaroso, me gustaría creer que esa pérdida fue el pretexto de la “pequeña vida” para escribir estas líneas: estas líneas para mirar y ser visto.
Si mal no recuerdo fue Eliseo Diego, quien, en un ensayo sobre Hans Christian Andersen, llamó a esta experiencia trascendente del mirar y ser visto al mismo tiempo, “secretos del mirar atento”. Por supuesto, para tener experiencias similares no se necesita practicar el Budismo Zen, ser un maestro del haiku, como Basho; firmar los cuentos folklóricos que velan el hueco horrible que sustenta el Universo, como Andersen; o escribir la poesía íntima, misteriosa y memoriosa de Eliseo Diego. Sé que a muchos les ha ocurrido lo mismo, y que es una experiencia humana y universal.
La pérdida del texto me entristeció. Me miré y pensé: ¡Nansen, estás dándole importancia a cosas que son totalmente intrascendentes…! Triste es la pérdida de otra vida en la más absurda cotidianidad de una nación que, como Cuba, marcha sin rumbo y sin destino. Triste es el apagarse de otra vida, esas que has visto en estos años de enfermedad de tu hija. Y triste, también, es que, como decía Juan Ramón Jiménez, nos “vamos” y afuera los pájaros quedarán cantando. Ese texto perdido y esto que ahora escribes es intrascendente: no eres Basho; no eres nadie. Sobre todo eso: eres Nadie. Es decir, alguien que en una madrugada fría y de insomnio, mira… y quiere ser visto.
Imagen: El retorno del hijo pródigo (1661-1669), de Rembrandt.




